EL
MISTERIO DEL GATO DESAPARECIDO
Me
llamo Aquiles Martínez, así como suena, fue una broma de mi padre o sus sueños
de grandeza que quería continuar en mí.
Vivo en
un pequeño apartamento y en su puerta está el letrero con mi profesión
“Investigador Privado”. Lo de privado me viene al pelo pues lo más que consigo
al mes son dos o tres clientes con casos tan enrevesados, que no atino a
desentrañar casi ninguno. Si no fuera por la herencia de papa, el si era un
gran investigador.
Al
tener tanto tiempo libre voy al gimnasio a diario y estoy en plena forma por si
alguna vez la necesito, pero no creo que fuera capaz, soy demasiado tímido y no
me gusta llamar la atención, nunca sé cómo empezar una conversación, los demás
hablan y hablan, en estas ocasiones me desconecto, no se dan cuenta porque para
ellos soy casi invisible.
Pero
estar en forma tiene algo bueno, las señoras mayores, viudas o solteras de las
que hay muchas en mi edificio, me paran y les encanta decirme lo guapo que
estoy y el buen cuerpo que tengo, eso no
hace más que acentuar mi timidez y
consigo escapar rápidamente.
Les voy
a contar el último caso que he tenido. Estaba esa tarde leyendo una novela de
detectives, para ver si aprendo algo, cuando un grito horrible, que me puso los
pelos de punta, sonó por la ventana del patio, al asomarme vi a Dª Manuela
llorando a lagrima viva porque había desaparecido su gato Pipo, al verme subió
rápidamente y me pidió, previo pago, que encontrara a su Pipo, era más que su
hijo, se lo dieron de cachorro y nunca se habían separado aunque era agresivo,
maleducado y un poco comodón sabia que la quería entrañablemente.
Le dije
que era un caso difícil, pues gatos negros había muchos, pero convencida de que
Pipo era único, me dio el encargo.
Me
comento que lo había esterilizado para que no se fuera por los tejados con las
gatas. Aquella noche salí de cacería gatuna, al volver una esquina vi al tal
Pipo en posición poco decorosa con el gato de Dª Gertrudis, vecina nuestra, el
cual al reconocerme dio un salto dejando sin apoyo al gato que estaba encima.
Estaban en la puerta de un bar solo para
Gais.
Me miró
con ojos sabios y profundos y entendí enseguida: Que pretendía la vieja, ¿Qué
iba a ser solo su peluche? Si ella está a “régimen” yo no tengo por qué
estarlo.
Se vino
conmigo dócilmente y cuando se lo di a Dª Antonia, previo pago, por supuesto,
le dije que tenía que dejar salir a Pipo
los fines de semana para que tomara el aire de la noche que era muy bueno para su salud.
Desde
entonces cuando Pipo y yo nos encontramos por las escaleras, se acerca a mí
ronroneando y frotándose contra mi pantalón.
Había
encontrado su alma gemela
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