DEBATE EN CLASE
Aquel día los alumnos de octavo
de EGB iban a recibir una lección que no olvidarían.
La profesora iba a comenzar
cuando una alumna se acercó y le dijo un poco cortada: Seño, dice mi madre que
si puede usted poner esto en el corcho para que todos lo lean, mi madre cree
que es importante. Era un folio con solo cinco palabras escritas en mayúsculas
y coloreadas para llamar la atención. La profesora leyó en silencio y sonrió
diciéndole a la alumna: ¡Claro que puedes ponerlo! Esas cinco palabras le
recordaron que habían ganado muchas batallas, pero no se podía bajar la
guardia.
La frase decía: LA IGUALDAD EN
UN RETO PENDIENTE
En ese momento les preguntó
¿Diríais que vivimos en una sociedad igualitaria? Esta tarde tenemos tutoría
¿Os apetece hacer un debate sobre el tema? Todos asintieron. Los debates les
gustaban. Podían hablar sin miedo de cosas que en las conversaciones normales
nunca salían.
Llegó la tarde y estaban todos
deseando exponer sus ideas en ese tema que parecía fácil. La primera que habló
fue Elisa y su pregunta dio pie para un buen debate. Si la igualdad estuviera
conseguida ¿Por qué seguimos hablando tanto de ella?
Un chico argumentó: Siempre
habrá diferencias, no somos todos iguales. Es verdad, contestó otro alumno,
pero esas diferencias no deberían convertirse en barreras y, si miramos a
nuestro alrededor, sí lo son.
Carmen dijo: fallamos cuando
damos oportunidades distintas a las personas, sin darnos cuenta, sin decidirlo.
¿Por qué las opiniones de algunos compañeros son celebradas como ingeniosas y
las de otros son desechadas casi sin dejarles terminar su razonamiento?
El debate estaba en pleno
apogeo, la profesora intervino diciendo que tenían que ser respetuosos con
todos, pues eso era uno de los pilares de la igualdad.
Siguieron debatiendo
entusiasmados ¿Por qué a algunos compañeros les perdonamos ciertas cosas y a
otros para conseguirlo le exigimos el doble? Preguntó un alumno que tenía la
mano levantada hacía rato y no lo dejaban intervenir.
La profesora dijo: Las desigualdades
más difíciles de detectar son las que no vienen con un letrero, no se ven fácilmente y vienen escondidas con
gestos, maneras, hábitos asumidos por todos, que, por ser cotidianos, no les
damos importancia. Al principio son solo pequeñas fisuras en la convivencia,
que si no las paramos pueden llegar a convertirse en muros contra los que
chocará toda la sociedad.
Asomaros a las ventanas ¿Qué
veis? Un partido de fútbol de los alumnos de 7º, contestaron ¿Y qué más? Laura
dijo: un grupo de niñas de esa clase apoyadas en la barandilla con ganas de
jugar, pero solo miran. ¿Por qué? Preguntó la profesora, porque los chicos se
creen con ese derecho, siempre ha sido así y nosotras lo aceptamos. Teníais que
pensar que la igualdad empieza rompiéndose por detalles sin importancia, con
silencios, con favoritismos, etiquetas etc. Pensad una frase que demuestre
estas desigualdades en la clase.
Aparecieron muchas cargadas de
significado: Comparaciones injustas, expectativas desiguales, puertas que se
cierran sin explicación, cansancio de tener que demostrar siempre tu valía, ser
invisible para los demás y muchas otras, todas interesantes.
La profesora, contenta con el
debate, expuso sus conclusiones: La desigualdad no siempre se ve, a veces es la
suma de pequeñas cosas que se repiten hasta que parecen normales y entonces
dejan de cuestionarse. La igualdad es una meta y para llegar a ella cada uno
tiene responsabilidad en lo que dice, en lo que calla, en lo que permite etc.
La igualdad no se consigue con palabras, sino cuando se aprende a mirar
alrededor. Es un reto que necesita atención constante porque hay que
construirla cada día.