PIONERAS
Estos
hechos ocurrieron en la segunda mitad del siglo XIX en un pueblo de la costa en
el Mediterráneo andaluz.
Amalia no
tenía aun 15 años y estaba casada con un hombre que le doblaba la edad, cosa
normal en aquella época. Su marido, que era una buena persona pero débil de
carácter, había heredado de sus padres un fructífero negocio de barcos de pesca
y también un pequeño astillero donde los hacían. Al atardecer bajaba a la playa
para esperar los barcos y llevar el producto a la lonja desde donde era
distribuido a los pueblos cercanos.
Hasta aquí
todo normal si no fuera porque en el camino hacia la lonja desaparecían algunas
cajas y en el de vuelta, era poco menos que empujado por sus amigos, los
pescadores, al bar del pueblo donde pagaba una ronda tras otra.
De todo
esto se daba cuenta la joven que ya con 17 años no podía permitir que a su
marido se le fuera el dinero como agua entre los dedos. Un día le dijo que le
gustaría bajar por las tardes con él a la playa. Al principio se mantuvo en un
segundo plano y aun así, algunos de los pescadores no lo vieron con buenos
ojos, decían que aquello era cosa de hombres y se sentían incómodos. Pero se
quedó. Cada vez se perdían menos cajas por el camino y después de la venta en
la lonja, muy cogidos del brazo se iban a su casa, porque era impensable
tomarse unas copas con una mujer en el bar.
Poco a poco
fue aprendiendo y su marido la dejaba hacer, pues se le daban muy bien los
tratos y los negocios.
Las
críticas les llovían como granizo y los mayores insultos, salieron en voz baja,
de las mujeres del pueblo por envidia o mala fe. (Mujer contra mujer, ganador
el hombre. Han pasado casi dos siglos y aun no lo hemos aprendido). Nadie se
atrevía a decirlo en voz alta porque todos les debían favores, pero se sentían
humillados por la importancia que estaba tomando aquella mujer joven, que solo
con mirarlos les hacia tragar las palabras antes de que salieran se sus bocas.
Cuando en
las noches de verano las vecinas sacaban las sillas a la puerta, ese era el
tema principal. La acusaban de haber dejado en ridículo a su marido, de haber
abandonado las labores de su casa por otras de hombres, en las que sola, no
tendría cabida. Pero siguió adelante. Crio 6 hijos y 5 hijas. Al quedarse viuda
continuó con el negocio, ya respetada por sus vecinos, a quienes siempre ayudo
en caso de necesidad. Demostrando que si una mujer tiene valía y se lo propone,
por grandes que sean los obstáculos, conseguirá su objetivo.
Vivió
105 años y todavía hoy su historia es como una leyenda en ese pueblo y un
ejemplo para las mujeres que vinieron después.