jueves, 23 de abril de 2026

ELLA Y EL MAR

 

ELLA Y EL MAR   

Este relato fue incluido en el libro “Meciéndose con las olas” publicado en el año 2017.

Ella estaba allí, en esa playa del Mediterráneo, como el faro, la arena, las rocas o el mar. De él se sabía todos sus azules, verdes o grises y estos colores se reflejaban en sus ojos acariciadores y tristes. Hacía años que se consideraba parte del paisaje.

Desde que perdió a su compañero, refugió su dolor en la casa de la playa, ¡Habían sido allí tan felices…! ¡Tenían tantos proyectos en los que participaba ese mar…!

La casa era una especie de torreón antiguo, que poco a poco, con paciencia y cariño habían convertido en su hogar. A la ciudad iban solo por trabajo, atrás habían quedado las reuniones interminables, el ajetreo del trafico, el rugido de la gran ciudad,  que te ofrecía mensajes engañosos para hacerte su esclavo.

Ahora el mar era su compañero, ya nunca estaría sola. Era un ser vivo que se movía, hablaba y algunas tardes de otoño, rugía, pero no le tenía miedo. Él le trajo nuevos amigos, como la gaviota, a la que veía venir entre los grises del atardecer, y que después de revolotear, se posaba a su lado en la arena, para contarle alguna historia de  sus muchos y largos viajes por las costas de ese mar. Historias de amor y de muerte, de trabajo y de placer. Ella las escuchaba agradecida. Esos relatos llenaban un poco, el  hueco vacío que le hacía las veces de corazón. Un corazón que empezó a morir el día que ocurrió el accidente.

El mar también le trajo otros amigos, caracolas, chapinas, plantas que después de un fuerte levante quedaban varadas en la playa, como restos de un naufragio. Las ponía a secar, haciendo con ellas verdaderas obras de arte, que distribuía en jarrones por toda su casa.

Pensaba que  lo que le traían las olas, antes habían sido seres vivos, y ahora sólo eran bellos recuerdos, igual que nos ocurre a los humanos, cuando después de la muerte, nos instalamos en el pensamiento de las personas que nos han querido.

Las caracolas las pintaba de colores y las metía en frascos de todos los tamaños. La casa estaba llena de ellos. Cuando se sentaba a mirarlos, se las imaginaba vivas, atravesando las aguas y llegando a otras tierras del mismo mar, con hombres distintos, distintas costumbres, pero con las mismas ansias de amar y ser felices.

Por las noches, desde la torre, veía los grandes barcos pasar a lo lejos con sus luces encendidas  que anunciaban fiesta y  también el débil parpadeo de los barcos de pesca que faenaban cerca de la costa.

Todo se mezclaba en ese mar, diversión, trabajo, y también la angustia de no saber si el frágil barquichuelo, en el que habían puesto tantas esperanzas, llegaría a tierras acogedoras y en paz, o si por el contrario sería engañado como Ulises y lo llevaría al fondo de ese cementerio azul, donde está escrita la historia de tantos siglos.

Le gustaba ver sus amaneceres, al principio volvían los grises del ocaso, luego despacio, una pequeña luz se iba abriendo paso por el horizonte hasta que como un estallido el gran astro emergía  de la superficie del agua, devolviendo la vida al planeta. Pensaba que siempre habría un nuevo amanecer, también en la vida. Ella lo estaba intentando  desde esa casa y esa playa cargada de recuerdos.

¡Cuantas historias habían pasado en ese mar eterno! Le gustaba mirarlo. Él saciaba su sed de aventuras, siempre pospuestas. Toda una vida soñando pero anclada en tierra. Ahora ya, poco importaba. Ya no había con quien compartirlas. Sólo quedaban recuerdos que le hablaban de  otro tiempo en el que había sido muy feliz, había amado y había sido amada, con la intensidad de una tormenta de otoño, con la entrega de la arena, dejándose llevar por las olas, siempre nuevas y siempre iguales. Esa había sido su historia de amor. Sentada en la playa encontraba a su compañero en el espíritu de esa gaviota, diciéndole,  que no se había ido, que siempre estarían juntos, y que algún día podrían surcar ese mar en busca de las aventuras soñadas.

Llegó un día en el que ya no pudo bajar de la torre. Sentada junto a la ventana, veía el mismo paisaje, pero no lo sentía cerca, le faltaba ese olor a sal y algas, ese ruido sordo y constante de las olas que la adormecían y atenuaban su dolor. Veía pasar las gaviotas y entre ellas buscaba a su amiga, la que se le acercaba en la playa sin temor y no la encontraba

Las luces de las noches, se hicieron más débiles, convirtiéndose en puntos brillantes en la lejanía, que se confundían con las estrellas.

Desde la torre disfrutaba mirándolas ¡Qué maravilla el cielo de ese mar! Parecía un gran manto bordado con caprichosos dibujos: Allí un arquero, mas allá unos peces o un carro con una estrella brillante que siempre señalaba el norte.  Eran las mismas que habían guiado a tantos navegantes a la gloria o al infortunio.

Los días se sucedían con una monotonía insoportable, solo la despertaba de su duermevela, la luz verdosa del faro, avisando a los navegantes, de los peligros que ese mar tranquilo tenía en sus entrañas.

Un atardecer de verano, con el mar en calma, el sol destilando fuego y pintando con rayas de sangre el mar, llego la gaviota a la ventana. Ella sabía muy bien a lo que venía. ¡La había esperado tanto tiempo…! En sus días de desesperación, llego a pensar que la había olvidado .Que la había dejado, sola varada en tierra, como esos barcos destrozados que antes veía en sus paseos al atardecer, por los senderos que rodean el faro.

Esa noche su espíritu y el de la gaviota, se unieron formando un solo aliento. Y ella y su amado, cruzaron juntos ese querido mar, en busca de todas las aventuras soñadas  durante sus vidas en la tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 20 de abril de 2026

LA BUENA NOTICIA

 

LA BUENA NOTICIA

 

El periódico lo es todo para ella. Desde joven compraba los de tirada nacional, solo se fiaba de sus noticias, buscaba las buenas como quien busca tesoros difíciles de hallar, las malas las guardaba en cajas que poco a poco iban tapándole el sol y la vida que bullía al otro lado del cristal, de esas, al día siguiente nadie  se acordaría, al salir otras peores.

Un día cayeron las cajas y encontró la mejor noticia, vio gente feliz, atareada pero no paralizada como ella, luchando por salir adelante en medio de tanto caos, a los que les estaban regalando un día de sol y de vida.

 

martes, 14 de abril de 2026

 

UN VIAJE SORPRENDENTE

 

Luisa se había marchado a trabajar a Paris, soltera, libre y más joven que nosotras, había sido valiente y ya vivía allí  un año.

Nos comunicábamos por internet y los dientes de Carmen, Lucia y los míos propios arañaban el suelo de envidia cuando nos contaba sus andanzas por la Ciudad del Amor.

Carmen y Lucia eran divorciadas, pero yo, soltera y sin haber probado” La gracia de Dios” como decía mi madre, todo lo que contaba me parecían excesos.

Ese verano decidimos visitarla. Nos instalamos en su casa. Era una buena anfitriona. Por la tarde, cuando nos sentamos a tomar café, era como si no hubiera pasado el tiempo, contentas y felices de estar juntas.

Le dejamos bien claro, que nada de monumentos ni museos, algún paseo por el Sena todavía, pero nuestro propósito en este viaje era ver el Paris arrabalero, el marginal los barrios del Paris “canalla”.

La primera noche nos dijo que nos iba a sorprender con algo muy especial. Ella había ido con unos amigos hacia poco y nunca se hubiera podido imaginar aquel espectáculo.

La entrada era pequeña y unos escalones empinados conducían hasta un sótano donde estaba el  salón con una barra de bar en un extremo, poca luz y  al fondo sonaba un piano. Al ir acercándonos me sorprendió que el pianista estuviera de pie de espaldas al público. Tenía muy buena planta.

Nos quedamos unos poco desilusionados, las canciones, aunque tocadas con gran maestría, no eran nada del otro mundo. Además de vez en cuando se colaba en la melodía una nota discordante. Al comentárselo a Luisa, nos dijo con una sonrisa picara: Esperad que termine y se vuelva para saludar. Y eso hicimos, cada vez mas intrigadas.

Sonó un fuerte acorde final, un golpe y un grito. Luisa sorprendida dijo: si lo hace todas las noches, ¿que habrá pasado?

Lo que había pasado era sencillamente que  había bajado la tapa del piano, sin darse cuenta de que el “dedo” que daba la nota discordante, en ese momento estaba tocando un do sostenido y…y no pudo retirarlo a tiempo.

Lástima, ya no podrá presumir del pene más grande de la ciudad aunque se pillara “La puntita “nada más.

 

 

 

 

lunes, 13 de abril de 2026

EL ANTIGUO PARAÍSO

 

EL ANTIGUO PARAÍSO

 

Los pliegan, los guardan en sus bolsos y se largan sin despedirse de mí, yo que los había invitado para tener un pequeño rato de trato humano y enseñarles enciclopedias antiguas, con brillantes colores, ahora no sirven pero son agradables de ver y hasta les di permiso para arrancar las hojas que más les gustaran y llevárselas, haciendo cuadros con ellas, así sus hijos y sus nietos sabrían como había sido este planeta antes de que todo empezara a corromperse, conocerían el verde de los bosques, el azul del mar, el marrón de los desiertos.

Pero ellos no sentirán nunca mi nostalgia, yo si conocí el final del paraíso.

lunes, 6 de abril de 2026

 Recordando con cariño a la abuela de mi marido que me enseño a hacerlos.

PASTELILLOS DEL COCIDO

Nunca he sido muy adicta a las labores del hogar, pero si alguna me ha interesado, esa ha sido la cocina. Es la que verdaderamente te agradecen el tiempo que has pasado en ella. Un “mamá que rico” o un “chatica mía que manos tienes”, te saben a gloria y olvidas todo lo que sacrificaste para hacerle esa comida maravillosa.

Mi paladar está entre dos provincias, Murcia y Granada, la primera porque nací en Cartagena y la segunda porque mi familia es natural de Salobreña (Granada). Mi abuela, como es natural, se trajo las recetas de su tierra y entre ellas hay una de cordero riquísima, se llama o así la llamaba ella “Entomatao”, el sabor exótico lo dan las especias  principalmente el comino.

El día de Navidad íbamos a comer a casa de mis abuelos y allí nunca se comía “Cocido con pelotas” como es natural por estas tierras, sino su guiso andaluz.

Tenía una amiga en el colegio que decía que su abuela hacia las pelotas con sangre de la pava, no sé porque a mí me daba un poco de “repelús”, cuando sabía que las morcillas, que tanto me gustaban, estaban hechas también con sangre y le contestaba que no estarían más ricas que el guiso de cordero que hacia mi abuela en Navidad. En su pueblo era tradición comerlo ese día desde hace siglos, yo creo que ahí me pasé, pero el “Yo más” funcionaba ya en los niños.

 Pasó el tiempo y al irme a casar, como era costumbre, le pedí a mi suegra las recetas de las comidas que más le gustaban a mi futuro marido, aparte del cocido con pelotas me dijo una que es una maravilla de ahorro y una delicatesen para el paladar, la llamaba Pastelillos del cocido y es la empanadilla más rica que yo he probado jamás.

Se hace una masa con aceite sofrito, caldo del cocido y harina, se amasa hasta que quede suelta, se desmenuza el pollo y el chorizo que haya sobrado, se añaden piñones y un huevo duro bien picado, se mezcla todo rellenando con ello la masa y dándole forma de empanadilla, las muescas del bordillo se hacían con un tenedor. Terminada toda esta operación se fríen en abundante aceite.

Mis hijos siempre querían que hiciera masa de más, para que sobrara y friéndola les hiciera unos crespillos riquísimos.

 

¡Ah! Por cierto, mi amiga  me llevó una tarde después de jugar en la glorieta, una cazuelita con pelotas de pava hechas con la sangre de esta, para que las probara y tenía razón, estaban deliciosas y muy suaves.

 

 

 

LA RUTINA

 

LA RUTINA

 

No puedo recordar el orden correcto de las cosas, yo siempre he vivido en la rutina, la sucesión de los hechos era prioritaria para tener establecido trabajo y descanso. Ese orden era todo en mi vida, si salía de allí me envolvía el caos.

No poder recordar el orden de los hechos de esta mañana me están llevando a la locura.

Qué fue primero ¿El beso o el adiós? Durante muchos años fue el beso que poco a poco iba perdiendo pasión y después el adiós.

Pero hoy no lo recuerdo por ese orden. Pienso que conociéndome tanto, esa ha sido su manera de decirme que no volverá.

jueves, 26 de marzo de 2026

PIONERAS

 

PIONERAS

Estos hechos ocurrieron en la segunda mitad del siglo XIX en un pueblo de la costa en el Mediterráneo andaluz.

Amalia no tenía aun 15 años y estaba casada con un hombre que le doblaba la edad, cosa normal en aquella época. Su marido, que era una buena persona pero débil de carácter, había heredado de sus padres un fructífero negocio de barcos de pesca y también un pequeño astillero donde los hacían. Al atardecer bajaba a la playa para esperar los barcos y llevar el producto a la lonja desde donde era distribuido a los pueblos cercanos.

Hasta aquí todo normal si no fuera porque en el camino hacia la lonja desaparecían algunas cajas y en el de vuelta, era poco menos que empujado por sus amigos, los pescadores, al bar del pueblo donde pagaba una ronda tras otra.

De todo esto se daba cuenta la joven que ya con 17 años no podía permitir que a su marido se le fuera el dinero como agua entre los dedos. Un día le dijo que le gustaría bajar por las tardes con él a la playa. Al principio se mantuvo en un segundo plano y aun así, algunos de los pescadores no lo vieron con buenos ojos, decían que aquello era cosa de hombres y se sentían incómodos. Pero se quedó. Cada vez se perdían menos cajas por el camino y después de la venta en la lonja, muy cogidos del brazo se iban a su casa, porque era impensable tomarse unas copas con una mujer en el bar.

Poco a poco fue aprendiendo y su marido la dejaba hacer, pues se le daban muy bien los tratos y los negocios.

Las críticas les llovían como granizo y los mayores insultos, salieron en voz baja, de las mujeres del pueblo por envidia o mala fe. (Mujer contra mujer, ganador el hombre. Han pasado casi dos siglos y aun no lo hemos aprendido). Nadie se atrevía a decirlo en voz alta porque todos les debían favores, pero se sentían humillados por la importancia que estaba tomando aquella mujer joven, que solo con mirarlos les hacia tragar las palabras antes de que salieran se sus  bocas.

Cuando en las noches de verano las vecinas sacaban las sillas a la puerta, ese era el tema principal. La acusaban de haber dejado en ridículo a su marido, de haber abandonado las labores de su casa por otras de hombres, en las que sola, no tendría cabida. Pero siguió adelante. Crio 6 hijos y 5 hijas. Al quedarse viuda continuó con el negocio, ya respetada por sus vecinos, a quienes siempre ayudo en caso de necesidad. Demostrando que si una mujer tiene valía y se lo propone, por grandes que sean los obstáculos, conseguirá su objetivo.

Vivió 105 años y todavía hoy su historia es como una leyenda en ese pueblo y un ejemplo para las mujeres que vinieron después.