EL
INOCENTE BÚHO
Iba a ser el malo de la película, aun siendo
de “pega”, su trabajo consistía en apartar de la piscina a las tórtolas que la
habían tomado como suya, bajando al primer escalón para beber agua, estarán
sanísimas con tanto cloro y bañarse. Algunas, tímidamente, bajaban al segundo
escalón abriendo allí sus alas se frotaban el buche con el agua y las más
osadas, hasta metían dentro la cabeza, a continuación se tumbaban en el
bordillo, estirando las alas al sol para secarse. Era todo un espectáculo.
El primer día de poner el búho estaban
recelosas, se acercaban tímidamente y huían, pero al ver que el enemigo no se
inmutaba fueron tomando confianza y pasaban pavoneándose por el borde de la
piscina hasta que llegaban a la esquina
donde estaban los escalones sin atreverse a más.
Los búhos solo movían la cabeza con el
viento, que este verano ha soplado poco, por lo que no tenían apenas trabajo y
quedaban como muñecos inertes en la celosía.
El otro día me reí con ganas al ver a una de
las tórtolas en su cabeza y moviendo la cola, hacia que esta girara despacio y
se paseaba dando vueltas como en una noria.
No las voy a echar, me distraen, me
divierten, solo en un día advirtieron
que no había peligro, cosa que a veces a los humanos nos cuesta y lo vemos
donde no hay.
He alterado un poco mi horario de baños, para
que no coincida con el suyo y disfruto sentada viéndolas haciendo sus piruetas
en el escalón.
Hace dos o tres días que no vienen, se habrán
ido a la casa de invierno, aun tengo la esperanza de que vuelvan, septiembre es
un mes bonito, el agua está en su punto, ni fría como a finales de agosto ni
caldo como a primeros de julio.
Esta mañana he oído el desagradable sonido de
una cotorra, no creo que sea eso lo que ha asustado a mis invitadas, pero desde
luego con esas no voy a tener ninguna consideración.