CARTAS
ANTIGUAS
Va
cayendo el gris sobre la tarde, las casas, los arboles, hasta las personas van
tomando ese color, el sol va desapareciendo, mañana volverá a hacer su trabajo
y le daremos las gracias por estar de nuevo con nosotros.
Las
tardes se hacen interminables cuando no tienes con quien hablar aunque esté
sentado a tu lado, detrás de sus ojos no hay nada, le doy un beso que no
agradece y paso a la otra habitación para hablar con él.
Hace
mucho tiempo los amores lejanos se mantenían por cartas, cartas que yo iba
guardando poniendo en el sobre la fecha, para poder leer la que me apeteciera
sin tener que buscarla, me las sabía de memoria.
El
destino nos fue propicio y unió nuestras vidas. Un día encontré las cartas que
yo le había escrito y que él también había guardado y me entretuve en hacer lo
mismo con las suyas, poner la fecha por fuera y ordenarlas pero fui más lejos
todavía, las uní de dos en dos por
fechas, carta suya y respuesta mía o a la inversa.
Las
guarde en cajas de zapatos y me olvidé de ellas, la vida me necesitaba,
estábamos formando una familia y esa era mi prioridad, además tenía su amor
real, no necesitaba sucedáneos.
Pasaron
muchos años felices, si miro hacia atrás así los veo, porque los recuerdos
flotan por sí solos sin sombras por encima, como tuvo la realidad.
Poco a
poco él fue teniendo lagunas de memoria, recuerdos recientes que no encontraba,
ha pasado el tiempo y ya no sabe quién soy, aunque agradece mi cariño y mis
atenciones.
Un día
arreglando un altillo las encontré y con curiosidad leí lo que decían aquellos
jóvenes de hace casi 70 años.
Ese es
desde hace tiempo mi ritual de las tardes, leo mi carta en voz alta y respondo
con la de él, acariciando con los dedos su querida letra, su forma de
expresarse tan irónica e inteligente que
aún me saca una pequeña sonrisa.
Pero
esta tarde me he dado cuenta de que estaba leyendo algo que habían escrito dos
personas que no conocía. ¿Esos jóvenes éramos nosotros? Sus ilusiones, algunas
se cumplieron, otras no y me dio la sensación de estar descubriendo secretos
que ya no nos pertenecían.
Ahora
cada tarde, rompo dos que van unidas y las quemo en la papelera. No he podido
decírselo pero creo que pensaría como yo. El amor no se va con el humo, sigue
ahí, pero no tenemos derecho a enterarnos de lo que se escribían aquellos jóvenes que un día fuimos.