lunes, 6 de abril de 2026

 Recordando con cariño a la abuela de mi marido que me enseño a hacerlos.

PASTELILLOS DEL COCIDO

Nunca he sido muy adicta a las labores del hogar, pero si alguna me ha interesado, esa ha sido la cocina. Es la que verdaderamente te agradecen el tiempo que has pasado en ella. Un “mamá que rico” o un “chatica mía que manos tienes”, te saben a gloria y olvidas todo lo que sacrificaste para hacerle esa comida maravillosa.

Mi paladar está entre dos provincias, Murcia y Granada, la primera porque nací en Cartagena y la segunda porque mi familia es natural de Salobreña (Granada). Mi abuela, como es natural, se trajo las recetas de su tierra y entre ellas hay una de cordero riquísima, se llama o así la llamaba ella “Entomatao”, el sabor exótico lo dan las especias  principalmente el comino.

El día de Navidad íbamos a comer a casa de mis abuelos y allí nunca se comía “Cocido con pelotas” como es natural por estas tierras, sino su guiso andaluz.

Tenía una amiga en el colegio que decía que su abuela hacia las pelotas con sangre de la pava, no sé porque a mí me daba un poco de “repelús”, cuando sabía que las morcillas, que tanto me gustaban, estaban hechas también con sangre y le contestaba que no estarían más ricas que el guiso de cordero que hacia mi abuela en Navidad. En su pueblo era tradición comerlo ese día desde hace siglos, yo creo que ahí me pasé, pero el “Yo más” funcionaba ya en los niños.

 Pasó el tiempo y al irme a casar, como era costumbre, le pedí a mi suegra las recetas de las comidas que más le gustaban a mi futuro marido, aparte del cocido con pelotas me dijo una que es una maravilla de ahorro y una delicatesen para el paladar, la llamaba Pastelillos del cocido y es la empanadilla más rica que yo he probado jamás.

Se hace una masa con aceite sofrito, caldo del cocido y harina, se amasa hasta que quede suelta, se desmenuza el pollo y el chorizo que haya sobrado, se añaden piñones y un huevo duro bien picado, se mezcla todo rellenando con ello la masa y dándole forma de empanadilla, las muescas del bordillo se hacían con un tenedor. Terminada toda esta operación se fríen en abundante aceite.

Mis hijos siempre querían que hiciera masa de más, para que sobrara y friéndola les hiciera unos crespillos riquísimos.

 

¡Ah! Por cierto, mi amiga  me llevó una tarde después de jugar en la glorieta, una cazuelita con pelotas de pava hechas con la sangre de esta, para que las probara y tenía razón, estaban deliciosas y muy suaves.

 

 

 

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