RECUERDOS
DE LA INFANCIA
Aún
estáis ahí, en esta plaza tan cambiante os mantenéis erguidos, señoriales,
frondosos, tal como os recuerdo. Es lo único que queda de aquella glorieta
donde jugaba de pequeña, si, porque hace muchos años jugábamos en la calle,
había unos bancos hechos de tiras de madera donde jugábamos a las figuras y al
salto y los domingos se sentaban en ellos los marineros del Cuartel de
Instrucción que estaban haciendo la mili.
Han
desaparecido los cuatro kioscos que había en sus esquinas donde comprábamos las estampas, cambiando las
“repes “con los amigos para terminar la colección que en ese momento estuviera
de moda. Su pérdida es comprensible, con tanto periódico digital no son
necesarios.
Echo
también de menos los puestos de las “floreras”, no éramos tan finos para decir
floristas, que a medio día recogían lo no vendido pero siempre quedaban restos
de flores para jugar a lo que fuera.
Los árboles
majestuosos seguían estando aquí con algunas de sus raíces asomando entre lo
verde ¡Cuantas rodillas heridas al correr entre ellos! Esas raíces siempre me
han parecido las patas de un pulpo que se aferraban a la tierra para hacer más
llevaderas las calurosas tarde de agosto en que nos sentábamos a su sombra
ideando juegos nuevos o reuniendo algunas “perras” para comprar entre todos un
“Chambi” que luego pasaría de mano en mano o mejor de lengua en lengua, sin
apuro ninguno, eran nuestros amigos.
También
a Isidoro Maiquez, lo han relegado al fondo de la plaza,¡ las veces que nos
hemos subido en su estatua para ver mejor los barcos enemigos que entraban al
puerto!
La
cultura y el teatro con ella, no están en su mejor momento, ahora todo va
deprisa, frases cortas y no entretenerse en comprender un texto de más de 25
renglones. Es un mundo raro el que me está tocando vivir al final.
En la
plaza hay bares, sombrillas, mesas, pero no niños jugando con las hojas grandes
de esos árboles que uníamos en forma de bandolera o corona, siendo piratas,
buscando un tesoro o rescatando a una princesa.
El
tiempo va demasiado rápido y las costumbres también. He venido a esta glorieta
a recordar, pero todo está en mi mente, quedan pocas cosas a las que agarrarme
para mantenerlos vivos y que el viento de lebeche que algunas tardes sopla
fuerte silbando entre los grandes árboles, no los haga desaparecer como si
nunca hubieran existido.
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