martes, 26 de agosto de 2025

Los Blancos, un pueblo olvidado

 LOS BLANCOS. UN PUEBLO OLVIDADO.

Aquella madrugada hacía frío en ese rincón perdido de la sierra de Albarracín, a pesar de ser finales de agosto. Allí el invierno se dejaba notar pronto, la niebla siempre por debajo de las cumbres y el viento del Moncayo sin dar tregua.

El autobús pasaba  una vez a la semana, pero durante el invierno, con la nieve decorando  el paisaje y la carretera convertida en una mera ilusión, el pueblo quedaba aislado hasta la primavera.

Esa mañana cuando el viento arrancaba los retazos de niebla como si fuera una cortina, podía apreciarse  en la parada la figura de una joven aferrada a su maleta. Por la fuerza con la que la asía, daba la impresión de que  era todo lo que quedaba de su antigua vida. Ya no la unía nada a esas montañas a pesar de tener sus raíces hundidas en la tierra durante muchas generaciones.

Para poder estudiar había tenido que irse interna a un colegio de la ciudad. Después vino la universidad, terminó Magisterio y sacó la oposición. Se acostumbró a vivir rodeada de gente y el pueblo de las montañas se le quedó pequeño.

Sus padres no llegaron a ver el fruto de su sacrificio, verse privados de su hija en la infancia y en la adolescencia. Habían pasado toda la vida sin ella y ahora mayores la necesitaban a su lado. Pensaban irse todos a un pueblo del sur, con sol brillante y mar para disfrutar de su bien merecida jubilación, pero no pudo ser. La muerte llegó como siempre sin avisar.

Ese verano había cerrado su casa, no sabía si regresaría algún día. Se llevaba pocos recuerdos materiales, pero muchas vivencias y sobre todo el amor de sus padres.

Ahora volaría hacia el sur, como esos pájaros que veía atravesar las nubes y perderse por  las nevadas montañas. Quería vida, gente, nuevos amigos. Y pensó que todo eso se lo podía dar la región de Murcia.

En la toma de posesión de la escuela la nombraron maestra de un pueblo llamado Los Blancos. No lo encontró en el mapa, su referencia era una ciudad centro de la minería en la región, llamada La Unión. Allí conoció a otro joven maestro destinado al Llano del Beal, otro pueblecito de la zona. Este chico era de la ciudad, según decía, mas “bonita del Mediterráneo”, mirando al mar durante más de 2000 años. La ciudad se llamaba Cartagena.

Se cayeron bien y se ofreció como guía para enseñarle la comarca. Le buscó una pensión no muy cara cerca del puerto, todo rodeado de montañas del que se enamoró solo con verlo.

Salía desde Cartagena un tren de vía estrecha con locomotora de carbón y en él se fue a su primer destino.

 El paisaje le sorprendió. Apenas había arboles ni verde en aquellas montañas mordidas por la mano del hombre. Era todo tan diferente, tan duro. Así sería el temple de aquellos hombres capaces de ser enterrados vivos en el fondo de una mina durante horas, para ganarse un jornal.

 Descubrió en esas montañas todas las tonalidades de marrones y rojizos que se entremezclaban dándole al paisaje una belleza singular.

Tuvo la suerte de que a su lado se sentara una señora muy amable que, al ver su expresión de asombro, se dirigió a ella para comentarle lo que veían a través de la pequeña ventanilla. Algunas de esas montañas no eran tales, sino terreras, residuos que sacaban de las minas y eran llevados allí en camiones por estrechas carreteras, muchas veces jugándose la vida.

Vio una montaña cortada a tajos, “El Cabezo Rajao” le decían. Había sido destrozada  a pico por miles de esclavos en tiempos de los romanos, para sacar de sus entrañas la riqueza de los minerales que encerraba.

El tren hizo una parada en La Unión y vio de lejos un magnífico edificio al que  llamaban “El Mercado”. Decidió que dedicaría algún tiempo a conocer esa ciudad, sus edificios, sus rincones interesantes y a sus gentes.

La siguiente parada fue muy curiosa. Dos pueblos separados por la vía del tren. Si vivías en un lado eras del Llano y si en el otro, pertenecías al Estrecho de San Ginés, patrón de Cartagena según su vecina de asiento. Tenían una sola estación para los dos. Allí se apeó la señora, no sin antes ofrecerle su casa y prometerle alguna visita pues eran pocos los kilómetros que faltaban para Los Blancos y se podían hacer a pie.

Al llegar a su destino vio que solo había un apeadero pues el tren seguía hasta un pequeño pueblo de pescadores, llamado Los Nietos, donde algunas familias de la zona, pasaban los meses de más calor.

La mañana era calurosa, sin nubes, un sol brillante la iluminaba, desde el altozano en que se encontraba el pueblo se veía el mar. Un mar sin olas y muy azul, separado del Mediterráneo por una barrera natural. Parecía un cristal en el que se reflejara el cielo. Mirando hacia el este, hacia cabo de Palos, su mirada se detuvo en unas ruinas cerca de la carretera en lo que parecía haber sido un monasterio.

De camino a la escuela fue recogiendo flores silvestres para adornar la clase. Estaba nerviosa, todo era nuevo, empezando por el clima. Ya le sobraba la rebeca, que se había echado sobre los hombros. El pueblo tendría a lo sumo unas 20 casas. Cuando fue acercándose salieron a recibirla mujeres y niños. Los hombres, le comentaron, estaban en la mina o enfermos de silicosis. Eso no lo había oído nunca. Le dijeron que el polvo del mineral les atacaba los pulmones. Su vida laboral no era muy larga. Conoció a algunos, jóvenes todavía, pero imposibilitados para su trabajo, que era el único que había por allí.

Todos estaban contentos, deseosos de agradar a la maestra. Contó 15 niños que corrían alborozados a su alrededor. Eran gente sencilla, con rostros ajados por el sol y el trabajo. La llevaron a la escuela. Allí habían  preparado un pequeño desayuno que disfrutaron todos. Ese día no hubo clase. Se dedicó a hablar con las familias y a ordenar un poco todo aquello.

Esa tarde había quedado con el compañero del Llano para cambiar impresiones sobre el primer día. Quería conocer Cartagena y pensó que él sería un buen guía para recorrer también La Unión y la sierra minera. Le agradaba mucho y en su compañía no se sentía tan sola.

Pasaron los días y cada vez estaba más contenta de su suerte. Los atardeceres eran magníficos. Hacia poniente estaban las montañas y, cuando el sol caía sobre ellas, centelleaban como miles de cristales y todos los colores marrones, ocres, rojizos y hasta grises, se hacían más intensos. Aquel paisaje era grandioso y aterrador al mismo tiempo. Tanta belleza en la superficie y, a muchos metros bajo tierra, los hombres andaban en la semioscuridad que daban las lámparas de carburo arrancando el mineral con barrenos, picos y una cadena de vagonetas que transitaban por raíles cada vez más profundos.

El domingo que quedaron para recorrer los alrededores de La Unión se bajaron del tren en un apeadero llamado La Esperanza. La riqueza de la zona había sido la galena argentífera, mineral del que se sacaba el plomo y la plata. Desde los romanos se habían hecho negocios con ellos. También la blenda se daba bien por esas tierras, extrayendo de ella grandes cantidades de zinc.

Se dieron cuenta de que la minería tradicional había dejado de ser importante, pues se veían muchas minas abandonadas con su castillete en ruinas.

Fueron a desayunar a un bar de los alrededores y el dueño les comentó que había nuevos métodos para extraer de los estériles acumulados los preciados minerales, siendo más rentables que la minería tradicional.

Otro día visitarían la cantera Emilia y Portman. El Portus Magnus de los romanos, por donde sacaban la plata en barcos para financiar con ella las legiones del imperio.

El tiempo en la escuela transcurría sin sobresaltos. Los niños eran buenos y se aplicaban con interés en todo lo que aquella maestra joven les enseñaba.

Hasta que un día llegó una noticia que conmocionó a todos los vecinos. Era una orden por la que debían trasladarse al Estrecho de San Ginés. Allí les darían casas nuevas porque debajo de su pueblo, Los Blancos, adentrándose según decían en el Mar Menor, habían encontrado una buena veta de mineral que se iba a explotar para riqueza “de todos”.

Pues allá se fueron los vecinos y la maestra. Éste era un pueblo más grande con una iglesia a la que se accedía por medio de una escalinata. En él había ya dos maestros y, como siempre pasa, a ella le tocaron los más pequeños por ser la última en llegar. Estaba contenta ya que a medio día podía dar paseos con el compañero del Llano.

El día que fueron a ver Portman quedó desolada. Lo que había sido un gran puerto y una bonita playa era ahora un fangal de estériles causados por un lavadero de mineral llamado Roberto. ¿Cómo habían podido ser las autoridades tan inconscientes? ¿Por qué habían dejado perder tanta belleza? ¿Volvería algún día a ser como se veía en las fotos que nos enseñaron los vecinos?

Todo iba bien en la nueva escuela, pero a ese curso aún le quedaba un suceso más que trastornó la vida de todos los maestros de la zona. Por fin se iba a cambiar el viejo tren de carbón por un “Automotor”, así lo llamaban, que haría el mismo trayecto. Hasta aquí todo bien, estupendo, ya era hora de que jubilaran a la pobre máquina que, al subir la cuesta de la Esperanza, casi no podía y los jóvenes se bajaban para ir andando a su lado, hasta que el maquinista gritaba “Los maestros que suban”.

Bueno, a lo que iba. No llevaba funcionando ni 15 días cuando al nuevo tren se le rompió una pieza y tardó en llegar más de tres meses. Ya no tenían medio para llegar a las escuelas de la zona. Pero los jóvenes buscaron otra alternativa:en autobús hasta La Unión, después andando hasta la Venta del Descargador donde esperaban que pasara el médico del Llano, algún dueño de minas con coche y chófer, o incluso y lo más frecuente, los camiones de mineral. Los camioneros siempre paraban. Eran gente entrañable, buena de verdad. Les daba pena ver a los jóvenes  sin poder llegar a su trabajo y andando por la sierra en los meses más fríos, pues el “Automotor” se rompió de Navidad a Semana Santa. Todo un reto.

Otro domingo lo dedicaron a ver los edificios que habían construido en Cartagena algunos de los mineros a los que le sonrió la fortuna. Eran todos de estilo modernista y a cual más soberbio.

Como le costaba a la joven creer que esos edificios los hubieran mandado construir los mineros ricos, la llevó a la puerta de uno situado en la calle Mayor y vio tallados en madera, como si de una filigrana se tratara, los instrumentos que usaban en su trabajo.

Haciendo turismo y enseñando a sus alumnos acabaron el curso y, al año siguiente, volvieron a pedir los mismos destinos.

No pasó mucho tiempo sin que sonaran campanas de boda. Era lo natural, solo les separaba “una vía”. Al final, la veta de Los Blancos no llegó a explotarse. Del pueblo solo quedan las ruinas de algunas casas y los recuerdos en la memoria de aquella joven maestra y sus 15 alumnos.

Todo esto ocurrió en el año 1964. Ellos contarían todo esto a sus hijos y así Los Blancos no sería “un pueblo olvidado”.

Nota de la autora: a excepción del origen de la protagonista y la historia de amor que se relata, el resto es un fiel reflejo de las vivencias de la autora en su primera escuela. 

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lunes, 25 de agosto de 2025

LA TRAGEDIA DEL HOMBRE QUE AMABA LOS AEROPUERTOS

 

LA TRAGEDIA DEL HOMBRE QUE AMABA LOS AEROPUERTOS

 

 

Las personas podemos sentirnos atraídas por cosas rarísimas, de una silla feísima que siempre estuvo coja,  era de la abuela y por eso la guardamos como una posesión valiosa o de un caniche con un genio endiablado que cuando te acercabas a decirle algo, por consideración a su dueña, empezaba a ladrar como un poseso y si podía y estabas a tiro intentaba darte un buen “viaje” ,su dueña decía que se ponía así porque estaba reafirmando  su personalidad pero para mí que el perro  tenía una mala leche terrible y su dueña era tonta del….

También conocí a una joven que tenia verdadera devoción  por el camisón que uso la noche antes de su primera comunión, tal es así que lo había enmarcado y lo tenía colgado en una pared del dormitorio como objeto de culto.

Eso también le pasaba al hombre de mi historia, tenía obsesión por los aeropuertos.

Vivía en una ciudad costera  con uno pequeño que usaban casi exclusivamente los turistas en verano.

Desde pequeño  había visto los aviones pasar por encima de su casa haciendo un ruido terrible pero a él no le importaba, solo pensaba en las historias y aventuras que viajarían dentro y los lugares maravillosos que podrían visitar.

Ya de mayor se aficionó a ir a su pequeño aeropuerto siempre que podía, se ponía en una cola (en todos los aeropuertos hay alguna) y entablaba conversación con sus vecinos preguntándoles donde iban, que países habían visitado, las costumbres, el clima, los paisajes, era como una abeja succionando el néctar de una flor, después se sentaba lo escribía todo   y memorizaba las informaciones para al día siguiente volver al aeropuerto y en la cola hacerlas suyas contándolas  como experiencias propias.

Los fines de semana iba a una ciudad cercana con un aeropuerto más grande y allí ampliaba información  y volvía a empezar

Y todo eso era porque nuestro amigo le tenía un miedo patológico a volar, se había sometido a terapias que no habían dado resultado, algunas veces hasta había comprado el billete pero a última hora no subió al avión.

Esto lo hacía ser muy desgraciado, la gran ilusión de su vida no podía realizarla por su miedo.

Un día se sintió mal en un aeropuerto, llamaron a su familia y el consejo de médicos decidió que la única forma de salvarle la vida seria volando a Alemania,  pues la cosa era urgente.

¡Que felicidad ¡ ¡ Iba a volar! Nadie le pregunto su parecer, no era él  quien tenía que tomar la decisión, otros la habían tomado ya, iba a cumplir su gran sueño aunque fuese en las peores condiciones.

El avión despego, era feliz, ¡Por fin volar!, ¡Ahora sí que sería un hombre libre sin las ataduras del miedo!

Murió entre las nubes, a pocos kilómetros de la ciudad de destino, pero murió feliz ¡Por fin había hecho realidad su sueño!

martes, 12 de agosto de 2025

LA SEDUCCIÓN

 

LA SEDUCCIÓN

 

 

 

 

Para mi la palabra seducción va unida a la palabra tiempo, tiempo para poder dirigir tus sentidos hacia aquello que te atrae, hoy día en que todo va tan deprisa, la palabra seducción ha quedado recortada a la simple atracción física cuando el seductor  y el seducido son seres humanos.

 

Pero también te puedes dejar seducir por una música, un manjar, un paisaje y porque no por un canto de sirenas como le paso a Ulises.

 

 No a todas las personas nos seduce lo mismo, nos sentimos atraídos y no sabemos porque, hacia algo que capta nuestra atención, que se va apoderando de todos nuestros sentidos  y  muchas veces si el seductor humano ni se da cuenta de ello.

 

A mi me parece maravilloso ser el sujeto pasivo de una seducción con mayúsculas, dejarte llevar, que sea el otro el que intente potenciar y dirigir todos tus sentidos hacia él, entonces no se analiza se vive en una laxitud cómoda, mecida por los impulsos hacia el seductor.

 

Para que la seducción sea total  tiene que llenar por completo, salir de ti para dirigir todo tu ser hacia aquello que te quita el sueño y que ha tomado posesión de tu vida.

 

Pero algunas veces adviertes que todo ha sido un sueño creado por tu imaginación o tu fantasía, una ilusión y te prometes no caer mas no dejarte seducir por nada ni por nadie.  ¡¡Pero es tan bonito, tan agradable, tan maravilloso mientras dura  que en el fondo de tu corazón estas deseando volver a caer!!

domingo, 10 de agosto de 2025

LAGRIMAS DE COLORES

 

LAGRIMAS DE COLORES   

 

Sentado en el cómodo sillón de mi biblioteca miro el atardecer que trae consigo la niebla y distorsiona los objetos y personas de la calle, mi único enlace con el mundo desde hace ya varios meses.

Tengo 58 años y estoy enfermo y solo.

Mi vida ha sido un constante negar los sentimientos para que las situaciones adversas no me hirieran. ¡Hizo un buen trabajo mi padre!  De niño no me dejaba derramar esas lágrimas blancas, transparentes, que servían para cicatrizar la humillación del alma, mientras él curaba la herida del cuerpo producto de algún juego o pelea.

--Los hombres no lloran (decía) eso los hace débiles, tienes que ir por el mundo apartándolos de tu camino y aliándote con los fuertes, esta es una lección que no tienes que olvidar.

¡Y no la olvide! Fui dejando de lado los sentimientos, los encerré en la caja de Pandora y guarde la llave en lo más profundo de mi conciencia, allí estaban: el amor, la amistad, la envidia, el odio, los buenos y los malos, porque a lo largo de la vida todos te hacen llorar.

Fui un hombre fuerte, triunfé en los negocios, me relacionaba bien pero siempre dentro de unos límites que nunca se traspasaban, no podían herirme, no debía llorar.

¡Cuántas noches amargas pasamos solos la botella y yo!

Murió mi padre, lo prepare todo con total eficacia pero como buen alumno no derrame ni una sola lágrima.

Ahora recordando los momentos de mi vida en los que podía haber sido feliz o al menos haberme liberado llorando, siento no haber sido del todo humano. Ya no hay tiempo, se me escapo con la sonrisa de aquel niño que no quise besar, con el cuerpo de aquella mujer que abrace y olvide, con las caricias que no me atreví a recibir ni a dar…

Sentado en el cómodo sillón de mi biblioteca y mirando el atardecer  lloro por la vida desaprovechada y mis lágrimas son negras, como las de un payaso al que se le está descomponiendo la máscara.

 

 

miércoles, 6 de agosto de 2025

LA MUJER DE LOS OJOS DE ARAÑA

 

 

 

LA MUJER DE LOS OJOS DE ARAÑA

 

Mis abuelos tenían una casona en el campo que había pertenecido a la familia  durante generaciones, me gustaba mucho ir a verlos, eran cariñosos, imaginativos,  siempre contaban historias interesantes y sabían inventar ingeniosos juegos. Delante de la casa había un precioso jardín con grandes macizos de tulipanes, una rosaleda, enredaderas de colores, margaritas y todas las flores llamativas y vistosas que te puedas imaginar, más alejado de la casa había un pequeño bosquecillo de pinos, era un lugar mágico, allí se podía jugar a todo lo imaginable: guerras, escondite, prendas… El día que coincidíamos todos los primos, era una verdadera fiesta.

No os he dicho que mi abuelo era pintor y le gustaba rodearse de colores, por eso cuidaba tanto ese jardín que te hacía sentir como si estuvieras dentro de un arco iris.

Por las noches nos sentábamos los niños a su alrededor cerca de la chimenea, y nos contaba historias de los cuadros que había pintado. Algunos no los sacaba en las exposiciones y si lo hacía, era solo para enseñarlos al público no para desprenderse de ellos, decía que había historias que solo él podía entender y los cuadros  tenían que estar con alguien que llegara más allá de la pintura, a su  esencia, a su espíritu.

El fin de semana era el cumpleaños de la abuela, nos desplazamos todos allí, gritos de alegría, risas, juegos, había amor en la familia y se notaba, pero al entrar a cenar encima de la chimenea había un cuadro nuevo, nuevo y terrible que acababa de terminar, representaba a una mujer que tenía los ojos tapados con unas telas como red de araña y sobre la boca una pegatina con  labios cosidos. Se adivinaba que tenía que ser hermosa, pero daba miedo. Muchas noches he soñado que se bajaba del cuadro y llegaba hasta mi cama, profiriendo un silencioso grito de auxilio, llego a aterrorizarme de tal manera que me negaba a entrar en el salón.

Al enterarse mi abuelo una noche nos reunió a todos para contarnos la historia de esa mujer. Había sido una de las mejores cantaoras de flamenco del mundo y le encargo un retrato, cuando estaba casi terminado ocurrió un terrible accidente que la dejo ciega. Ya nunca volvió a cantar, no solo había perdido la vista, sino también las ganas de vivir.  El abuelo terminó el cuadro queriendo plasmar en él, el sufrimiento y la desesperación de aquella pobre mujer.

La siguiente vez que fui ya no estaba, pero no olvidaré nunca todo el dolor que había detrás de los ojos de esa mujer araña.

 

 

 

 

sábado, 2 de agosto de 2025

LA CALABAZA

 

 

LA CALABAZA

 

¿Corría yo detrás de la calabaza? ¿O era ella la que me seguía? Lo que sí recuerdo es que íbamos cayendo por el terraplén  que hay al lado de mi casa, donde mi padre tiene un pequeño huerto, la dichosa calabaza no quería salir y yo tiraba y tiraba con todas mis fuerzas hasta que por fin salió y rodamos las dos cuesta abajo,  trompicones , culadas, volteretas, hasta que llegamos al llano, allí quedé sentada y allí quedó también la calabaza, pero cuál no sería mi sorpresa cuando mirándome  empezó a hablar, se parecía a las que tienen los niños a primeros de Noviembre con ojos y boca pero con expresión agradable,  se quejaba de los golpes y  lamentaba de su destino.

Pobre de mí decía, siempre que me nombran los humanos no es para alabarme precisamente,  pues dan calabazas a los malos estudiantes, a los enamorados no correspondidos y hasta hacía de regalo pobre en un concurso de TV, otras veces me meten en una olla a cocer  haciendo conmigo un potaje que tiene el nombre de una etnia.  ¡Ay ¡ ¡Ay! Cuantos bultos me han salido de los golpes!

Yo quería consolarla, le decía que también servía  para cosas buenas como transformarse en la carroza de Cenicienta, entretener a los niños cuando sentados alrededor de ella a primeros de Noviembre,  contaban cuentos de miedo y lo mejor de todo que el potaje ese  estaba riquísimo, pero no me hacía caso.

De pronto, como por arte de magia fue tomando un color brillante y ante mis atónitos ojos se transformó en una carroza blanca que me invitaba a subir y a dar un paseo. Fuimos por las nubes y más arriba, te podías caer sobre ellas y no hacerte daño,  abajo  se veía mi casa, el huerto…. y mi padre que corría como un loco por el terraplén.

El viaje por el cielo a bordo de la calabaza fue maravilloso, entrabamos y salíamos de nubes  negras, otras  blancas como el algodón, había rayos quietecitos y truenos con la boca abierta pero sin proferir ningún sonido.

Cuando desperté estaba en los brazos de mi padre y con los ojos busqué a mi amiga la calabaza, allí estaba toda destrozada y de verdad me dio pena…… Pero estaba tan bueno el dulce que preparó mi madre con ella….que con el estómago lleno se acabó la pena.

Desde entonces miro a las calabazas con respeto sabiendo que tienen magia dentro y que pueden transformar un gran golpe en algo tan maravilloso como un paseo por las nubes.