jueves, 26 de marzo de 2026

PIONERAS

 

PIONERAS

Estos hechos ocurrieron en la segunda mitad del siglo XIX en un pueblo de la costa en el Mediterráneo andaluz.

Amalia no tenía aun 15 años y estaba casada con un hombre que le doblaba la edad, cosa normal en aquella época. Su marido, que era una buena persona pero débil de carácter, había heredado de sus padres un fructífero negocio de barcos de pesca y también un pequeño astillero donde los hacían. Al atardecer bajaba a la playa para esperar los barcos y llevar el producto a la lonja desde donde era distribuido a los pueblos cercanos.

Hasta aquí todo normal si no fuera porque en el camino hacia la lonja desaparecían algunas cajas y en el de vuelta, era poco menos que empujado por sus amigos, los pescadores, al bar del pueblo donde pagaba una ronda tras otra.

De todo esto se daba cuenta la joven que ya con 17 años no podía permitir que a su marido se le fuera el dinero como agua entre los dedos. Un día le dijo que le gustaría bajar por las tardes con él a la playa. Al principio se mantuvo en un segundo plano y aun así, algunos de los pescadores no lo vieron con buenos ojos, decían que aquello era cosa de hombres y se sentían incómodos. Pero se quedó. Cada vez se perdían menos cajas por el camino y después de la venta en la lonja, muy cogidos del brazo se iban a su casa, porque era impensable tomarse unas copas con una mujer en el bar.

Poco a poco fue aprendiendo y su marido la dejaba hacer, pues se le daban muy bien los tratos y los negocios.

Las críticas les llovían como granizo y los mayores insultos, salieron en voz baja, de las mujeres del pueblo por envidia o mala fe. (Mujer contra mujer, ganador el hombre. Han pasado casi dos siglos y aun no lo hemos aprendido). Nadie se atrevía a decirlo en voz alta porque todos les debían favores, pero se sentían humillados por la importancia que estaba tomando aquella mujer joven, que solo con mirarlos les hacia tragar las palabras antes de que salieran se sus  bocas.

Cuando en las noches de verano las vecinas sacaban las sillas a la puerta, ese era el tema principal. La acusaban de haber dejado en ridículo a su marido, de haber abandonado las labores de su casa por otras de hombres, en las que sola, no tendría cabida. Pero siguió adelante. Crio 6 hijos y 5 hijas. Al quedarse viuda continuó con el negocio, ya respetada por sus vecinos, a quienes siempre ayudo en caso de necesidad. Demostrando que si una mujer tiene valía y se lo propone, por grandes que sean los obstáculos, conseguirá su objetivo.

Vivió 105 años y todavía hoy su historia es como una leyenda en ese pueblo y un ejemplo para las mujeres que vinieron después.

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