jueves, 26 de agosto de 2021

Ilusión vana

Tenía un buen negocio heredado de sus padres. La relojería más próspera y antigua de la ciudad. Eran varias las generaciones que la habían hecho crecer y él siguió sus pasos. Su pasión por el tiempo le hacía sentir que, al manejar los relojes, tenía dominio sobre él.

Un día pensó acoplarle a uno de los últimos modelos una cámara de cine. Sincronizando los dos aparatos podría ir a cualquier tiempo pasado, viendo imágenes en movimiento de esos momentos. No le interesaban solo los buenos momentos sino cualquier situación buena o mala que hubiese vivido.

Le costó años conseguir su propósito ¡pero allí estaba su invento! Disfrutaba de él como un niño con un juguete nuevo. Siempre mirando al pasado, no disfrutaba del presente que estaba a su alcance. Esperaba a que fuese pasado para incluirlo en su “máquina del tiempo” como él la llamaba.

Su vida era tranquila y monótona, solo alterada por las partidas de dominó de los sábados y las tertulias en el casino los miércoles en la que, como siempre, sacaba alguna noticia relacionada con su obsesión: el control del  tiempo.

Soltero, sin hijos, pasados los 50, no deseaba ya nada, le parecía que todo estaba ordenado meticulosamente a su alrededor. El caos le aterraba, el tiempo era limpio y pasaba sin importarle nada las vidas de quienes controlaba.

Un día pensó: si le pongo a mi maquina imágenes del futuro allí estaré y podré verme pasados los años. Todo era, a su edad, lo suficientemente previsible para que nada  pudiera alterar su vida. Pondría en la cinta momentos buenos, parecidos a los que había vivido, y también otros no tan buenos, que había sabido superar gracias a su trabajo.

Cambiaría de aspecto. Se pondría canas, arrugas, bolsas bajo los ojos etc. Todo lo que se imaginaba que vendría con los años. Su gusto por el teatro le ayudaría a encontrar los mejores disfraces.

Una noche se desató una gran tormenta. El cielo se abrió como si volvieran los diluvios antiguos, las calles se convirtieron en torrentes y entró el agua en casas y bajos. La destrucción fue enorme.

De madrugada se armó de valor a pesar de que la tormenta todavía hacía en el suelo ríos de agua sucia y arrastraba todo lo que se interponía en su camino. Quería llegar a la tienda para salvar “su máquina”. Lo demás no le importaba. El seguro pagaría.

El agua le llegaba a las rodillas y hacía trabajoso avanzar, pero su determinación era muy grande. El local estaba cerca de su casa aunque, si hubiera estado lejos, habría ido igual.

Al doblar una esquina la vio medio flotando y toda destrozada. Se agarró a ella y logró sentarse en un escalón alto de una casa vecina. Lloró tanto que sus lágrimas hicieron aún más caudaloso el torrente. Eran lágrimas de desesperación, el trabajo de toda una vida perdido. Siguió mucho rato lamentándose de su mala suerte.

Al atardecer llegó a la siguiente conclusión. Había perdido el tiempo, ese tiempo que él creía poder controlar. Las imágenes del pasado están en el disco duro de la memoria y podemos evocarlas cuando queramos, sin necesidad de película que nos la muestre. Además, tiene la ventaja de que los recuerdos pueden mejorarse, alargar situaciones agradables o anular en un instante momentos incómodos.

Se dio cuenta que el futuro tiene tantas variables que es imprevisible y mejor que sea así. Esperas siempre algo bueno y, cuando la vida te sacude con alguna tragedia, es a partir de ese instante cuando empiezas a sufrir, no antes, pues el futuro no está recogido en ninguna cinta y puede cambiar en un instante.

Sus lágrimas ya no eran por las cosas perdidas sino por el tiempo presente que nunca había vivido ni disfrutado porque siempre estaba allí, sin pensar que, de un segundo a otro, ya sería pasado.

 

 


Marcelo

¿Cómo te sientes? ¿Cómo te sientes? ¿Cómo te sientes? La misma cantinela todos los días al despertar. Y, a mi lado, Marcelo con la bandeja del desayuno. Nada de cosas “buenas”. Todo muy sano y ecológico.

Cuando te dice esa frase alguien que no sea un robot le respondes cosas como, “bueno, podría estar mejor”, o también, “para los años que tengo…no del todo mal” y un sinfín de frases más que cualquiera entendería. Pero Marcelo no. A él tienes que contestarle, bien o mal, sin datos intermedios. Un día quise explicarle que había dormido mal y me dolía un poco la cabeza. Entonces comenzó a marcar el código, a desarrollar el programa, a aplicar el protocolo y, por mucho que le dije que se me pasaría, al día siguiente amanecí en el hospital. Eso sí, con Marcelo de pie a mi lado y su sempiterna pregunta ¿cómo te sientes? Por supuesto le contesté que muy bien y nos fuimos a casa.

Al principio me pareció una buena idea. Después de la pandemia de los años 20 que, aunque estamos ya finalizando el siglo, aún campa a sus anchas por algunos lugares del mundo, se cerraron todas las residencias de ancianos y nos mandaron a casa. El que la tuviera, claro.  Para los demás, “papá estado” proveería. Pero no nos mandaron solos  sino con un cuidador o cuidadora ayudante para que no nos saltásemos las reglas.

Había varios modelos adaptados a los presupuestos de cada uno. Yo escogí uno con aspecto humano. Guapo, cachas, en fin, lo que me apetecía tener al lado en ese momento. Ya que no tenía compañero sería un buen sustituto. Tenía una conversación agradable, era culto y no molestaba demasiado. Pero un día tuvimos una discusión sobre... ya ni me acuerdo y me acaloré bastante. Creo que hasta me subió la tensión por la cara de susto que puso al mirarme y, desde entonces, me da la razón en todo. Es una lata. Así no hay conversación inteligente pues parece que, al darme siempre la razón, me toma por tonta.

También tiene ventajas. Gracias a él puedo salir a la calle, bajo su supervisión por supuesto, y cruzarme de lejos con otras personas en la misma situación que yo.

Es triste donde hemos llegado  al final de nuestras vidas.  Yo me encuentro bien y estoy decidida a ir adaptándome a todo lo que el futuro me depare. No pienso tirar la toalla.

Esto de los robots es otro negocio para los que controlan el mundo. En tiempos fueron las mascarillas, los geles desinfectantes, los EPI, las vacunas y, ahora, el negocio redondo: Los robots personalizados, como en su tiempo fueron los móviles.

Los jóvenes pueden salir solos hasta que cometen la primera infracción a las reglas establecidas. Entonces tienen dos salidas: reclusión domiciliaria durante tres meses o adquirir, previo pago, un acompañante que los vigile. Todo esto, dicen, es por nuestro bien, pero ¡menudo negocio!

No he sido nunca muy efusiva en mis manifestaciones de cariño pero siempre había a quien darle un abrazo, un beso, o cogerle la mano en señal de apoyo. Parece mentira, con lo poco que me gustaba, que lo eche tanto de menos.

A mi familia solo la puedo ver a través del ordenador y con Marcelo al lado, no se me vaya a escapar algo que no sea políticamente correcto.

Las redes sociales campan a sus anchas por el mundo. Cada vez hay en ellas, aparte de las cosas positivas que también abundan, más comentarios estúpidos y aberrantes, aunque con un poco de criterio y bastante práctica puedes llegar a diferenciar la verdad de la mentira.

Un día estaba jugando al ajedrez con Marcelo y conseguí hacer una buena jugada ganándole. No lo pude remediar. Aunque tenemos prohibido tocarlos, estaba enfrente mía sonriente, contento, tan humano que me levanté y antes de que pudiera hacer nada le di un sonoro beso en la mejilla. Fue terrible. Se le rompieron todos los circuitos. Tuve que llamar a la central de robots para que lo arreglaran y, después de la regañina, me mandaron otro que tuve que pagar. Marcelo no tenía arreglo. Por lo visto mi beso fue demasiado apasionado. 

Campanillas azules

Aquella escapada de fin de semana prometía. Nos íbamos a encontrar en un hostal de montaña. Cada vez en un sitio distinto para no despertar sospechas. Llegué un día antes para saborear intensamente la espera y hacer con la imaginación un poco más largo el tiempo que íbamos a estar juntos.

La tarde estaba despejada, la montaña me atraía. Cogí mi equipo y salí a disfrutar de la naturaleza. No hice caso de las palabras del conserje: se está formando una tormenta, dijo. Pensé que una tarde leyendo y haciendo gasto en el bar era más atractiva para él.

El sendero discurría entre pinos y árboles centenarios y subía como una cinta blanca rodeando la montaña. Varias veces paré a descansar admirando el paisaje y sintiéndome poderosa. Allí arriba mi vida no era un caos. Había belleza, paz y, sobre todo, un silencio que permitía oír la voz interior a menudo silenciada por el ritmo frenético de la ciudad y que me decía lo que no quería escuchar, que esa relación no conducía a ningún sitio. Allí lo vi claro, en mi interior estaba decidida a romper. Ésta sería nuestra última escapada.

Seguí subiendo. Quería volver rendida para que el sueño no me fuera esquivo como tantas noches y me aceptara aunque fuera acunándome con unas “bonitas” pesadillas.

Ya cerca del nacimiento del río empezaron a caer las primeras gotas. La tormenta fue arreciando, el viento y la lluvia no me dejaban ver mas allá de donde alcanzaban mis pies. Como siempre, no había hecho caso de los buenos consejos y me había metido de cabeza en un problema.

Pensar en la vuelta era imposible. El estrecho camino se había convertido en una torrentera por la que rodaban piedras pequeñas, hojas y ramas que el viento enfurecido arrancaba de los arboles más débiles.

Seguí avanzando y casi tropiezo con una cabaña de madera en bastante mal estado pero que, en esas circunstancias, representaba mi salvación. Con mucho esfuerzo y varios empujones conseguí abrir la puerta por la que salieron volando algunos pájaros grandes, o lo que fueran. No estaba en condiciones de escoger, tampoco me paré a pensar si quedarían más dentro. La cabaña era mi única opción.

Cuando encendí la linterna llamó mi atención un armario bastante bien conservado, comparándolo con la destrucción que había a su alrededor.

Me instalé lo mejor que pude. Llevaba comida y agua en el equipo, entre mis pocas virtudes se encuentra ser bastante previsora. Antes de meterme en el saco para pasar la noche, quise ver el contenido de ese armario. Me sorprendió mucho ver libros, todas las lejas llenas de ellos, algunos ya amarillentos que habrían sido transportados allí para hacer compañía a otros más jóvenes. Era una buena forma de pasar las tormentas.

Cogí uno al azar y me dispuse a disfrutar de él y del gran bocadillo que me habían preparado en el hostal, dispuesta a que la noche no fuera un rosario de reproches contra mi mala cabeza y mis locuras haciendo las cosas sin pensar.

El libro me interesó desde el principio. Trataba de amores antiguos y prohibidos. Tenía curiosidad por saber cómo lo solucionaba el autor. Al pasar una de las hojas encontré dos campanillas azules, secas, muy juntas y casi pegadas al papel. En esa página se narraba un amor desesperado, incontrolable, apasionado, como yo nunca había sentido. ¿Por qué el lector las puso allí?  La volví a leer pero solo encontré en ella tristeza, soledad, amargura, …, todos los adjetivos que para mí no encajan  en la palabra Amor.

No pude evitar que empezaran los remordimientos. ¿Y si él me quería hasta ese extremo? Siempre era yo la que no quería hacer oficial nuestra relación escudándome en no perder mí libertad.

Habría llegado esa noche al hostal y yo no estaría allí esperándole con un gran abrazo. Ese fin de semana había dejado a su familia por mí y no me encontraría. Un reproche tras otro hicieron en mi alma una montaña tan grande como la que me separaba de él.

Esa noche el sueño me castigó negándose a dormir conmigo y ni siquiera fue capaz de “regalarme” una de sus horribles pesadillas.

De madrugada mis sentimientos habían cambiado por completo, o eso creía yo. Mi idea de dejarlo me parecía monstruosa. Me convencí de que le amaba y, como él siempre decía, podíamos ser muy felices juntos. Perder mi libertad ya me daba igual.

Muy de mañana empecé el camino de vuelta. El sol salía majestuoso por detrás de las montañas. El paisaje, limpio después de la lluvia, olía a tierra virgen. Pero yo no apreciaba esa belleza, corría montaña abajo para pedirle perdón y decirle que tenía razón, que no nos separaríamos más.

Llegué casi exhausta. Al preguntar en recepción por él solo me dieron un sobre a mi nombre. Lo abrí con manos temblorosas. Pensé que no había podido venir y me enviaba una carta de amor y de excusa. ¡Qué equivocada estaba! Escuetamente decía: “Tienes razón, siempre la tuviste. Tu libertad es antes que nuestro amor y yo me debo a mi familia. No volveremos a vernos, nos vamos del país, me han ofrecido un buen trabajo y es el momento de soltar lastre y avanzar”.

Yo era la que llegué decidida a cortar con él y me hizo cambiar de opinión la magia de la montaña y las campanillas azules. Iba a ofrecerle desesperada mi amor, sin saber que era solo un lastre.

 


Un paseo mañanero

El día había amanecido gris, plomizo, sin viento, pero con una pesadez en el aire que presagiaba una gran descarga de agua.

Pensé que lo peor que me podía pasar sería disfrutar de un buen remojón pero, como estoy en la playa y es verano, sería bienvenido. Daba igual que empezara por los pies o por la cabeza, el caso era refrescarme después de unos días de intenso calor.

Con esa idea empecé mi paseo. Estaba todavía cerca de casa cuando empezaron las primeras gotas. No me importó, estaba disfrutando de la belleza del cielo. Había nubes de algodón sucio con algunos desgarros por donde se adivinaba un poco de claridad en este día de finales de julio.

El Dragón estaba cubierto por una boina gris. Todo hacía presagiar una fuerte tormenta. No me importó y seguí mi paseo. Cuando miraba al monte me costaba encontrar esa figura con la cabeza hacia Cabo de Palos, sus colmillos y patas, echado sobre la panza en la cima de la montaña. Cuando era joven lo encontraba enseguida y sentía que estaba allí para darme fuerza, para protegerme. Nada malo podía pasarme en El Carmolí. Con los años la vida ha ido quitando fantasía a mi mirada y ahora apenas si distingo su cabeza.

Cuando llegué a la playa el espectáculo me sobrecogió. Lo que veía era un cuadro de grises. El cielo, el mar y la arena los tenían todos. Si no hubiera sido por esas pequeñas olitas que venían a morir a mis pies, hubiera podido pasar por un espejo de plata vieja con las gaviotas dándose cabezazos en él y reclamando con sus graznidos el mar que dejaron la noche anterior.

En el cielo se abrían algunos claros que enseguida eran tapados por nubes grises disgustadas. Esa mañana era suya y ningún rayo de luz debía osar traspasarlas.

La paz era infinita. Me senté en un banco con el espíritu sosegado y la mente limpia, en paz conmigo y con la naturaleza que me envolvía.

Pero duró poco. De una obra cercana llegaron hasta mí los sonidos agudos, penetrantes y desagradables de una radial y se llevaron con ellos toda la magia. Hasta las nubes se retiraron poco a poco también molestas, dejando pasar los rayos de sol que fueron tomando el cielo y convirtiendo el día en uno más de finales de julio.

domingo, 18 de julio de 2021

Flores en el jarrón

La despertó un leve movimiento del aire, como un beso que no llegara a posarse  en los labios, pero que se presiente cercano. Lo mismo sintió en las mejillas, en los ojos, en el borde del cuello. Alguien, ella sabía quién, le estaba besando y traía la misma pasión y el cariño de todas las noches. Pero ahora no estaba soñando. Abrió los ojos y en el fondo de la habitación lo vio. Vio el ramo de rosas rojas que había sido la señal para sus encuentros y que ahora anunciaba la unión final, definitiva y eterna.

Sólo un instante se permitió recordar lo que había sido su vida recluida en esa habitación hacía ya tantos años. Pero entonces las ofensas al honor se pagaban así, prisión o muerte, prisión para él y muerte en vida para ella.

Su mente se agarró con fuerza a los tiempos felices, a los largos paseos por el bosque cogidos de la mano por donde circulaba la energía que mueve al mundo pasando de un corazón a otro. Estaban enamorados pero era un amor imposible. Ella la rica heredera y él mozo de las caballerizas.

Salían a montar con frecuencia y el paseo se alargaba más de lo conveniente pero aún nadie sospechaba nada.

Una tarde, tumbados en el prado después de fundirse en cuerpo y alma, idearon un plan por si la vida los separaba. Soñarían el uno con el otro y lo desearían con tanta fuerza que se realizaría el milagro de unir los dos sueños viviendo así en ese otro mundo creado por su fantasía.

Cuando todo se descubrió, a él lo encarcelaron de por vida y a ella la recluyeron en esa casa que fue su calabozo durante muchos años.

Al principio el recuerdo de los momentos tristes, les impedía dejar que la fantasía onírica les guiara noche tras noche a encontrarse en los lugares donde habían sido felices. Cuando lo consiguieron, se sintieron juntos de nuevo, libres y sin temor. Lo peor que podía pasar era que los sacaran bruscamente del sueño, pero los sueños siempre están ahí, al alcance de la mano y pueden retomarse cuando se desean de corazón.

Algunas noches en las que no conseguían soñar juntos, el temor les invadía pensando que el otro hubiera muerto o no recordara la promesa de marchar unidos de este mundo que tan mal les había tratado. Entonces fue cuando soñaron que el primero que se fuera le llevaría al otro un ramo de rosas. Ésa sería la señal para dejar el cuerpo viejo, remontándose por encima de lo material hasta encontrarse.

Por eso sabía que estaba allí. Por fin había pasado el sufrimiento, el martirio de tantos años. Ahora se irían juntos y nada ni nadie volverían a interponerse en su felicidad.

Cogidos de la mano salieron hacia ese mundo de sueños que ellos habían creado.

La goleta

Este año, como todos desde hace tiempo, voy a pasar mis vacaciones (no debería llamarlas así ya que los jubilados disfrutamos de vacaciones continuadas) en un pueblo de la costa, con lugares bonitos para excursiones y también playas de arena fina por las que dejar mis huellas cuando el sol sale por el horizonte para hacerme compañía.

Soy viudo, no tengo hijos y mi compañera se fue demasiado pronto dejándome en la frontera de la nada, ni joven para empezar una nueva vida que no me apetecía, ni mayor para sentarme a contemplar añorante mis recuerdos.

Sigo haciendo las mismas cosas que hacíamos juntos y una de ellas era recorrer el litoral, cada año en una playa distinta.

Las casas de alquiler para poco tiempo suelen ser muy parecidas. Pocos muebles, más bien baratos y feos. Sólo lo imprescindible, sin personalidad, sin recuerdos de anteriores inquilinos, sin ese olor que guardan las casas cuando son habitadas largo tiempo.

Por eso contraté la oferta que vi en Internet y decía así: Matrimonio alquila su casa situada en un pueblo de la costa a 5 km del mar, por tener que viajar a Francia a ver a su hija que ha dado a luz (muchas explicaciones me parecían). Nunca lo hemos hecho. Cuídenla como si fuera suya y, por favor, no toquen nada de la biblioteca. Tiene un gran valor sentimental.

El anuncio les costaría una pasta, muy agobiados debían estar pues se notaba a la legua que el solo pensamiento de que personas ajenas tocaran, usaran y tuvieran sus cosas les parecía poco menos que una violación.

Habían tenido suerte. Por mí no habría problemas, respetaría su voluntad.

El coche me llevó directamente a la puerta (milagros de la tecnología). Lo primero que me sorprendió fue lo bien cuidada que estaba. Tenía un pequeño jardín con muchas flores en jardineras y en maceteros distribuidos elegantemente. Tendría que cuidarlo y eso me gustaba. No más de seis escalones lo separaban de la puerta principal. Era una vivienda unifamiliar, antigua, con clase. El interior tampoco me defraudó. Tapicerías, cortinas y muebles denotaban un gusto exquisito. Allí latía la vida, se podía percibir el olor de otras personas, el cariño por cada uno de los objetos. Su espíritu seguía estando allí aunque ellos estuvieran lejos.

Dejé el poco equipaje en el dormitorio. En un jarrón, sobre una pequeña mesa, se consumían las últimas flores que pusieron antes de irse. Era como un detalle de bienvenida y también como una advertencia: Éste es nuestro hogar, respétalo.

Cada vez estaba más contento con mi elección. Iban a ser unas vacaciones distintas, sentí que la casa me acogía sin recelo.

Al fondo del pasillo había una puerta cerrada, al abrirla no pude contener un ¡Oh! de admiración. Era un lugar mágico. Con las contraventanas entornadas, los pocos rayos de sol que se colaban iban iluminando estanterías llenas de libros, todo muy ordenado y limpio. Una mesa de camilla y dos butacones completaban la decoración que, con la lámpara de pie, formaban un bonito rincón para pasar las tardes de invierno con un libro en la mano.

Al mirar una pequeña estantería que había al lado de la puerta los vi. Eran varias maquetas de barcos antiguos hechos a mano, en madera. Me acerqué para examinarlos con más detalle y quedé fascinado con el que ocupaba un lugar principal. Era una goleta. No le faltaba detalle. Había sido hecha por manos expertas y con mucho cariño. Sus dos mástiles bien erguidos. El más alto, el de mesana, tenía su aparejo formado por las velas áuricas (cangreja y escandalosa) y las de cuchillo (foques y velas de estay), es decir, velas dispuestas en el palo siguiendo la línea de la crujía, de proa a popa en vez de montadas en vergas transversales como las velas cuadradas.

Para un antiguo marino como yo, enamorado del mar, encontrar un tesoro así en una casa de alquiler rayaba en lo impensable. Pero ahí estaba.

El timón manejable a la popa con su pala que se supone sumergida. Una pequeña ancla unida por la soga al cabrestante que giraría dócilmente al sumergirse ésta en el agua. Pero aún tenía más detalles, Las velas muy blancas y proporcionadas, le daban un toque de elegancia y categoría a la maravillosa goleta.

Las puertas que daban paso a las bodegas y a los camarotes, colocadas sobre pequeñas elevaciones horizontales, se desplazaban dejando al descubierto unas pequeñas escaleras de las que colgaban sendos faroles que se encendían al abrirlas.

No sé cuánto tiempo permanecí extasiado mirándola. Tenía que conocer a los dueños de la casa y darles las gracias por los días que me habían dejado disfrutar de su hogar y de todas esas maravillas.

Cuando se cumplió el tiempo de mi alquiler me trasladé a la pensión del pueblo. Tenía que conocerlo, que me enseñara su arte, le pagaría por ello, no me importaba quedarme, alquilaría allí una casa y pasaría el invierno. No había nada que me atara a otro lugar y allí había encontrado lo que buscaba desde hacia tiempo, una nueva ilusión en la que emplear lo que me quedara de vida

Todas las mañanas pasaba por la puerta de aquella casa mágica que fue mía por un tiempo, buscando en las ventanas signos de vida dentro.

Un día lo vi salir. Tendría más o menos mi edad. Me acerqué a presentarle mis respetos comunicándole la idea de quedarme si él me aceptaba como alumno. Me di cuenta, después de las presentaciones, que solamente hablaba yo, comentando lo bien que había estado en la casa y sobre todo alabando los barcos de madera. Él escuchaba con una sonrisa tímida, como el que recibe felicitaciones que no merece.

Cuando terminé de expresarle todo mi entusiasmo, sonrió divertido y me dijo: Está usted en un error, yo no entiendo nada de barcos. Ésos y muchos más que va regalando a los amigos son obra de mi mujer. Su padre era marino y ella también lo hubiera sido de haber nacido en esta época. Entonces enfocó su pasión por la construcción de maquetas de barcos antiguos con los que ha ganado varios premios, el más importante fue precisamente la goleta. Pero ella no está aquí. Yo sólo he venido a darle una vuelta a la casa y a ver cómo se había portado nuestro inquilino y le felicito de corazón pues todo está como lo dejamos.

Yo vuelvo a Francia donde pasaremos todavía una larga temporada. Si tuviéramos necesidad de alquilarla de nuevo no lo dude, usted sería el elegido.

Nos despedimos amigablemente. El verano no fue baldío. Disfruté de una hermosa casa y había encontrado algo que despertó mis ganas de volver a vivir, no dejarme arrastrar hacia la nada como estaba haciendo, sin ilusiones, sólo viendo pasar los días. Quería trabajar la madera y llegar a hacer barcos  como los que me acompañaron durante estas vacaciones.  

jueves, 13 de mayo de 2021

 

CARTEL DE LA MAR DE MUSICAS 2021

(Para entender este relato hay que ver primero el cartel)

 

_ Pues a mí no me parece tan mal.

Es lo que me dijo un amigo a quien le enseñé el cartel que me habían encargado. De los que pregunté anteriormente y que consideraba amigos, mejor no hablar. Son unos incultos y se las dan de entendidos. ¡Por Dios, si es una obra de arte!

Este tipo de pintura es la que me ha hecho famoso en todo el mundo, bueno sin exagerar, hay en algunos lugares que no la entienden, pero no es culpa de mi obra, es, me duele decirlo, que no están a la altura.

Todo comenzó con una carta que recibí del Ayuntamiento de una ciudad española donde se celebraba, hacia ya muchos años, un festival de música de fama mundial, pidiéndome por favor (previo pago, naturalmente) que ese año fuese un cartel mío el que lo representara. Esos días me encontraba en Paris presentando mi última exposición con gran éxito, que todo hay que decirlo, reconozco que no soy nada humilde, aunque cuando uno triunfa ¿Por qué no alardear de ello?

El cartel tenía que reflejar caos, confusión, disparates y al mismo tiempo tolerancia, diversión, con el añadido de las costumbres que mas representaran al país.

Esta noche me he sentado en la tranquilidad de mi estudio a observarlo, analizando imagen por imagen y debo admitir, pero solo para mí, que me he pasado un poco. No he dejado ni un milímetro de lienzo sin pintar, sí que son caros, pero yo puedo pagarlos. Quise crear confusión con tantas figuras para que no pasaran solo a echarle un vistazo, sino que se entretuvieran analizándolo.

Sí, admito que hay demasiados ojos. Hasta el Sol, que al hacerlo me parecía fascinante, me da la impresión de ser un ojo y encima bizco.

He puesto toros de dos colores, no soy nada racista y dinosaurios azules, quedan bonitos ¿Verdad? eso sí, todos con cuatro ojos.

Pensé que sería buena cosa para que no se le escape nada, ponérselos también al jefe y lo de la granada en la cabeza ha sido genial, cayéndole por la cara los granos en forma de sudor ¿No les parece poético? Al lado su señora con un manto de estrellas y también con cuatro ojos para vigilar al crápula de su marido. ¿No dicen por aquellos parajes que hay que vigilar con cuatro ojos? Pues ahí los tienen, me pareció una idea graciosa

Yo no soy nada racista, ya lo he dicho, por eso he puesto una india con sus ojos correspondientes y un clavel reventón en la boca, metáfora de la semilla que dejaron allí los españoles, está claro ¿No?

También hay un hombre negro, él si necesita esos ojos pues casi nunca son bien recibidos en los países, que muchas veces son ricos a su costa.

En la parte de abajo está el reverso de todo esto. Dos jóvenes con los ojos vendados tapan la boca con una cinta a la luna con corona, significa que la libertad de expresión está amenazada, ustedes lo comprenderán solo con verlo, pero por si acaso, me he tomado la libertad de explicárselo al concejal correspondiente. No quiero que haya nada oscuro en mi maravilloso cartel.

Sí, decididamente creo que me he pasado un poco con la cantidad de ojos, hasta un pájaro azul, que sobrevuela la escena, lleva varios en las alas.

Lo que más me gusta es el ángel exterminador repartiendo fuego y prendiendo las antorchas de las manos que se lo piden. No quiero decirlo pero me identifico un poco con él, sobra mucho inepto en el mundo.

Mi idea era representar los muchos ojos que van a aplaudir mi cartel y así mi fama ira de boca en boca, porque creo que todos somos un poco cotillas y bastante bocazas.

¡¡Flores y fuego!! ¿Vencerá la sensatez o la inconsciencia? De eso depende el futuro de nuestra vida en la tierra.