martes, 25 de febrero de 2020


                  CAOS
No he pasado nunca tanta vergüenza, soy una modelo profesional, poso para pintores importantes, pero ni cuando eran desnudos integrales (que es lo que más me solicitan) lo he pasado tan mal. Me ha dicho mi representante que este cuadro es para la portada de un libro, pero a mí me da mala espina.
Estoy rodeada de gente absurda, con ropas aun más absurdas. El pintor ha tardado meses en dar por buena la composición. Mira que el que ha vestido de muerte…es que me da repelús solo pensar que lo tengo tan cerca. También hay  un terrorista apuntándome con un fusil. El “Artista” dice que no me mueva, pero como no voy a moverme con el susto que tengo en el cuerpo, ¿Y, si como lo quiere todo tan real, le ha puesto balas? Además ha dejado poca luz. Dice que es para meterse más en el tema y la iluminación enfoca solo  a los que está pintando en ese momento.
La veleta o lo que sea que tengo encima, me va a dar en la cabeza, me correré un poco hacia la izquierda.
También hay un hombre con un bastón que lleva media coraza y su cara refleja indiferencia ante el horror de la composición. No puedo moverme mucho, pero de vez en cuando echo una ojeado a mí alrededor y los observo. Tanto él, como el perro que juega a la pelota pasan de todos nosotros.
 El otro día, el que hace de muerte dio un pequeño grito. Yo creo que fue porque el que está detrás le metió mano.
 Pero al que de verdad me dan ganas de darle un bofetón es al gordo que me mira tontamente y se ríe.
No pienso posar más para este pintor. Estoy horrible, toda blanca, el pelo rojo y hasta un pequeño bigote me ha hecho poner. Sí que las modelos tenemos que aceptar todo, ese es nuestro trabajo, pero lo que no le perdono son esas piernas deformes que me está pintando, el otro día me asome y casi me da un “patatús”. En fin, todo tiene algo bueno, nadie me reconocerá y podre  seguir siendo la modelo elegante que se rifan los pintores.
¡¡Anda que si esta es la portada, como será el libro!!






martes, 11 de febrero de 2020


                              CARTA DE SAUL
Me llamo Saúl, tengo 11 años y vivo en una casa de tela. Muchas casas de tela forman mi ciudad.
Hoy han venido unos señores para denunciar al mundo la tragedia en la que vivimos, eso han dicho, y me han hecho una foto.
¿Pero es que hay otra vida? Yo soy sirio, lo sé  porque lo dice mi madre, pero yo nací aquí y no conozco otra.
De vez en cuando, viene personas como las que he dicho antes y nos traen cosas: ropa, mantas, comida… pero somos muchos y alguien se queda siempre sin nada.
La vez anterior yo tuve suerte y me dieron las gafas que llevo puestas, gracias al niño que no le servían yo puedo ver mejor, antes me mareaba.
Cuando vienen siempre estoy a su lado, cuentan cosas muy bonitas sobre ciudades hechas de piedra, no de tela, arboles grandes, trenes, coches y muchas cosas más que nos hacen tener ganas de salir de aquí cuanto antes.
El otro día vi todo eso en el ordenador que trajo la señora guapa y simpática. A mí me cae muy bien. Le pedí libros y me los ha traído. Ella es la que me ha animado a escribir esta carta. Dice que somos noticia de un día y que luego se olvidan de nosotros. Eso no es posible, somos personas como ellos, será por algo que no llego a entender.
Cuando sea mayor seré periodista, como mi abuelo, dirigía un periódico y dice mi madre que era de los mejores. Iré por todo el mundo contando la verdad de lo que pasa en estas ciudades de tela y por fin sabré la razón de tanta injusticia.
Pensad en nosotros cuando estéis calentitos en vuestras cómodas casas y con la mesa bien llena. No nos olvidéis, por favor.
Un beso de Saúl


viernes, 31 de enero de 2020


AUN ES DE DIA

Aun es de día. No he perdido la esperanza de que venga. ¡Lo he deseado tanto!,  pero no sé, me parece algo demasiado moderno para mi edad.
No podía dejar de pensar en él. Noches de insomnio, de dudas. ¿Qué dirían todos? ¿Dejaría de ser la señora respetable del 3º D? Lo que más me preocupaba era lo que opinarían mis hijos, yo que siempre había criticado esas modernidades ¿Estarían dispuestos a concederme el beneficio de la duda?
Cuando lo vi en casa de mi amiga Toñi, empezó el martirio. ¿Lo llamo, no lo llamo? Sé que hace un buen trabajo, mi amiga está encantada y además no cobra caro. ¡Qué las pensiones no están para caprichos! Pero estoy tan sola, un rato de compañía de vez en cuando me ayudara en este último escalón que estoy empezando a bajar.
Voy de nuevo a la ventana, no veo su coche, habíamos quedado para hoy, antes de que anocheciera. No es lo mismo ver salir de mi casa un hombre, ya anochecido, que verlo salir de día
Nada, que no viene. Se habrá ido a ver a otra que le paga más por su trabajo. Si al menos me hubiera llamado dando alguna escusa, lo perdonaría y podríamos quedar otro día. Pero ya estoy harta, otra vez me ha fallado. No aguanto más
Mañana mismo busco otro técnico para instalar la “ Guifi”.
¡¡¡QUIERO UN ORDENADOR YA!!!

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jueves, 23 de enero de 2020


CUANDO FALTAN LAS PALABRAS            Mayo  2016-05-10

Estaba instalada, hacía mucho tiempo, en un silencio transparente; no era un silencio de sonidos, no, esos estaban ahí y los percibía muy bien, pero eran solo sonidos, no había palabras, palabras de amor, de odio, de ira…de todas las formas, con que el mágico regalo de la mente, nos deja expresar los sentimientos.
Este silencio sí la aterraba, pues se le metía en el corazón, como una fina aguja de cristal y la iba desangrando gota a gota.
En otro tiempo, en su juventud, la vida que la rodeaba, era toda luz y sonidos: desengaños, amores, penas, alegrías…pero siempre estaba allí la palabra de alguien con quien compartir esos sentimientos y ahora en la vejez, la llenaba de soledad no poder comunicar todo el torrente de emociones que aún le quedaban.
Las palabras salían de su boca, rebotaban en las paredes de la habitación y volvían a ella, como un eco solitario, que nadie hubiera querido atrapar y descifrar.
Tenía una asistenta fija, que era una buena persona, pero no entendía nada de lo ella decía y tampoco le interesaba, para la “cuidadora”, como se hacía llamar, ella solo era trabajo, como los papeles de un despacho, había que tenerlos al día y bien ordenados, por si venía de improviso el jefe y le echaba la bronca.
Su vida había sido maravillosa, la felicidad plena, no existe, es una quimera, pero ella había conseguido momentos en los que casi rozaba ese estado del alma.
Su compañero, un gran diplomático, tenía en alta estima sus opiniones, se sentía querida, valorada en ese mundo de hombres, al que ella llegó después de no pocas luchas, zancadillas y mordazas, y allí se mantuvo durante muchos años.
No habían tenido hijos, viajaban casi constantemente, pensaron que esa no era forma de construir una familia tradicional, no podrían atenderlos, se criarían con otras personas que les trasmitirían otros valores y eso no les gustaba. Algunas veces, hablaban sobre este tema y la negativa siempre partía de ella. Quería que todo siguiera como estaba. Era muy  feliz con su vida junto al hombre que amaba, y decidiendo cosas importantes para el resto de la humanidad. Eso pensaba ella entonces. No cambiaría nada, siempre estarían juntos, no necesitaba nada más.
Pero el destino, que no nos cuenta sus planes, hizo una jugada sucia. En  uno de los pocos viajes que no le acompañó, hubo un accidente y toda su vida se desmoronó en un instante. Se encontró sola, después de más de 40 años juntos. Se dejó el trabajo. Se encerró en su casa, de la que tenía pocos recuerdos, había que reinventarse la vida, nada era lo que había imaginado para su vejez. Una habitación llena de libros, el calor de una chimenea, largas conversaciones sobre casos que se habían presentado en sus vidas, paseos por el jardín, pero siempre de su mano, esa mano grande y poderosa, que nunca le había fallado y había estado allí, para que en los malos momentos no desfalleciera. Nada de eso sería ya.
Tenía que reconocer que su gran error había sido negarse a tener hijos. Aunque ellos tuvieran sus vidas, incluso si estuvieran lejos, los medios de comunicación les unirían como una prolongación del cordón umbilical.
Lo que ella había creído una vida de éxitos, ahora la había condenado al ostracismo y a la incomunicación.
¡Cuánta tristeza y soledad se unen a la vejez, cuando faltan las palabras!







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viernes, 27 de diciembre de 2019


EL REGALO. Cuento de Navidad Milagros Márquez Pascual.
Por fin he vuelto a esta ciudad mediterránea llena de sol y de vida. A la ciudad en la que pasé una Nochebuena inolvidable. Esa noche fue el principio de todo. El día 24 de diciembre del año 1900. Cambió el siglo y me cambió con él.
He tardado mucho en volver, más de 60 años y lo primero que he hecho ha sido ir a verla, a ella, la casa de mis sueños, la que cambió mi vida. También se le nota el paso del tiempo. Las personas que yo buscaba ya no vivían allí y nadie de los alrededores supo decirme qué había sido de ellas.
Hace frío, se acerca la Navidad. Me siento en un banco mirándola, como si de un amor antiguo y no olvidado se tratara.
Los recuerdos se agolpan en mi mente y la nostalgia humedece mis ojos.

El día antes de la Nochebuena de aquel principio de siglo, mis padres, actores ambulantes, “cómicos” a los que la sociedad aún no les había quitado el estigma de ser considerados vagabundos, instalaron su carromato en esta plaza. Yo tendría por entonces ocho años y un defecto en el habla que no me permitía decir tres palabras seguidas sin tartamudear. Eso hizo de un niño solitario. Los mayores no tenían paciencia para escucharme y los niños se reían. Sin amigos me sentía muy solo.
En esa plaza donde se iba a hacer la función en Nochebuena había una casa, casi un palacio a mis ojos. La fachada era de piedra y acababa en tres arcos que parecían las almenas de un castillo. Las rejas de las ventanas eran verdes y doradas haciendo preciosos dibujos. En el centro, un balcón acristalado digno de una princesa de cuento. Recuerdo que me quedé embelesado mirándola hasta que un pescozón me sacó de mi encantamiento. Mi padre me pidió que sujetase una cuerda, pues estaban montando el escenario.
En un rato libre me senté en el suelo y con barro hice figuras que ponía en torres de castillos imaginarios. Ésa era mi gran afición: construir algo bello. Mi padre me había enseñado a hacer con papeles viejos pajaritas, animales y otras cosas que yo inventaba. Mis manos eran mucho más ágiles que mi lengua. Esa tarde, tan concentrado estaba intentando hacer un ángel con las alas extendidas, que no me di cuenta de que un niño, algo mayor que yo, se sentaba a mi lado y me preguntaba cosas sobre las figuritas de papel. Como yo le miré

sin contestar, se levantó con ademán de irse pero, antes de que empezara a andar, le tiré del pantalón. Me miró extrañado pero volvió a sentarse. Entonces le hablé, me escuchaba sin prisa y sin notar, aparentemente, mi tartamudez. Vencido por esa confianza, le hablé de mi familia, de mi vida ambulante, de mis padres a los que estaba muy unido y también le dije que, cuando fuera mayor, haría casas como ésa que teníamos enfrente. Esbozó una sonrisa y, para mi sorpresa, me preguntó si quería verla por dentro. Ésa era su casa. Él vivía allí. Después de decírselo a mis padres cruzamos la calle y nos adentramos en un mundo para inexistente.
La puerta era grande, de madera tallada. Delante de ella había una reja con preciosos dibujos verdes y dorados. Recuerdo que la toqué con veneración. Entramos y mi nuevo amigo me cogió de la mano para cruzar un amplio salón al final del cual había una escalera de mármol blanco que iba hacia dos lados. Pasé la mano por ella y estaba fría y suave como la seda.
Llegamos a su habitación. Aquello era un almacén de juguetes. Los había de todas clases, formas y colores. ¡Hasta tenía un rincón vallado con tierra para moldear y ladrillitos pequeños de barro cocido!
Pasamos una tarde estupenda. Yo le enseñé los secretos de las figuritas de papel y él me enseñó a moldear el barro y a hacer edificios con los pequeños ladrillos y, sobre todo, me escuchaba sin prisas y sin reproches.
En esto se abrió la puerta y apareció una señora elegantemente vestida. Era su madre. Se sentó a hablar con nosotros, sobre todo conmigo y también me escuchaba sin prestar atención a mi defecto. ¿Eran especiales las personas de esa casa?
Mi amigo le preguntó a su madre si podría ir a cenar la Nochebuena con ellos ya que mis padres harían la función y yo estaría solo. Con una sonrisa dijo que estarían encantados de que así fuera.
La tarde de Nochebuena, no podía casi respirar. Tenía un amigo que no me rechazaba e iba a cenar con sus padres en la casa de mis sueños. ¡No podía ser más feliz!
Con mi mejor traje a la hora indicada estaba en la puerta. Abrió mi amigo y me llevó a una habitación donde había instalado un gran Belén. Era precioso, nunca había visto nada igual. Tenía luces, un río con agua y peces, montañas, hasta unos animales raros con joroba, camellos, me dijo riendo. El nacimiento era de piedra, parecida al de la fachada de la casa y

las figuras preciosamente talladas. Todo eso lo recuerdo ahora. Con el paso de los años vienen a mi memoria muy nítidos los acontecimientos de esa noche, pero entonces sólo me parecía estar viviendo un sueño.
Mi amigo cogió al niño Jesús que sonreía en su pesebre y me dijo: me has hecho un regalo enseñándome a hacer figuritas de papel y yo te regalo este niño Jesús de mi Belén. Pero con una condición, que todas las noches hables con él en voz alta contándole las cosas del día. No te va a meter prisa, ni te interrumpirá, ya ves que es de barro, pero puedes estar seguro de que te escuchará. Así, poco a poco, irás perdiendo la timidez y te sentirás más seguro entre la gente. Pero no dejes de hacerlo ni una sola noche.
Nos llamaron para la cena y, al entrar en el comedor, creí desmayarme con tanta luz reflejada por los espejos, luz que, al dar en la gran lámpara de cristal colgada del techo, se transformaba en bonitos colores.
La estancia, aunque grande, no estaba fría, era muy acogedora, como las personas que se sentaban a la mesa llena de los manjares más exquisitos. Todos se preocuparon de que me sintiera relajado y a gusto.
A la hora de despedirnos nos dimos un gran abrazo prometiendo volvernos a ver. No fue así. Al mes siguiente marché a Francia con mis padres y allí vivo aún.
Pero el regalo funcionó. Mi defecto mejoró con el tiempo. Estudié arquitectura, viajé por todo el mundo haciendo bellos edificios y no me he separado nunca de ese niño Jesús al que sigo hablándole todas las noches y que me hace recordar con mucho cariño a mi primer amigo y aquella Nochebuena tan especial que cambió mi vida.

domingo, 1 de diciembre de 2019


MINI RELATO DE NAVIDAD


Nos llamaron la misma mañana de Nochebuena  para hacer la función en un barrio de la gran ciudad. No había dinero, solo la cena que estaba en el atrezzo

Escenario pequeño, muchos muebles. Y cerca del proscenio la mesa con los manjares más exquisitos.

Durante la obra casi no los tocamos, se representaba un altercado familiar y no era plan de andar comiendo entonces, aunque el hambre hacía sonar nuestras tripas de pobres y desgraciados cómicos
Desgraciados sí porque, en lugar de bajarse, el telón cayó de golpe sobre la gran mesa y nuestra cena voló por los aires .

Yo pude atrapar el pollo al vuelo, otro compañero tuvo la suerte de que le cayera en la cabeza el pan redondo, por cierto un poco duro por el chichón que le hizo y la actriz , pudo agarrar algunos langostinos por los bigotes.

Y con estos manjares, sentados en el sofá del fondo, celebramos, por fin , contentos y felices nuestra Cena de Noche Buena.



MILAGROS MARQUEZ

domingo, 17 de noviembre de 2019


¿QUE PASÓ?

Otra noche más que tengo que levantarme  para acallar los latidos de mi corazón, tranquilizarme y olvidar la pesadilla que arrastro desde la infancia.
Siempre empieza igual. Una niña de unos 8 años llora desconsoladamente en el rincón de una habitación destartalada, sucia y oscura. Se estremece de miedo, Aparece un hombre, al que no le ve la cara, que tira de su mano para que se levante. La niña sigue llorando, esta temblando, pero  a trompicones sigue al hombre de la mano.
Es de noche, hace mucho frio. Van por un camino solitario de tierra aplastada y negra. Sobre el cielo del amanecer se recorta el rojo de un incendio y un humo blanco que arrastra el viento.
No llegan a ningún sitio. Andan y andan y siempre es el mismo paisaje.
La niña chilla, quiere soltar esa mano que parece una garra y escapar pero no puede, el hombre camina impasible centrado en el camino. Nunca le ve la cara.
Cuando no lo soporto más, despierto de golpe sudando, temblando de miedo y presa de una profunda tristeza.
Durante varios años, sicólogos han intentado ayudarme. Todos coinciden en que la niña soy yo y esa imagen desoladora es producto de un profundo sufrimiento..
¿Por qué no puedo ver la cara del hombre?¿ Que pasó en la escena anterior al comienzo de la pesadilla?
Hasta que no pueda abrir esa puerta no descansare en paz.